Aunque la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega ignore el número de habitantes de la ciudad, Valencia está en racha. Y, como saben los jugadores de todo el mundo, las rachas son para ser explotadas.
Este fin de semana, por ejemplo, aparte del campeonato motociclista de Cheste, se espera que la afluencia de visitantes marque un nuevo hito. Y van…
Una experiencia de ese tipo aconteció en Barcelona tras los Juegos Olímpicos de 1992: entonces la ciudad se puso de moda y autocares llenos de japoneses se desplazaban desde París para admirar el modernismo de Gaudí, Puig i Cadafalch, Doménech i Muntaner… Aquella era una época, como las anteriores, en que la pujante sociedad civil barcelonesa planificaba su futuro a diez y hasta a quine años vista.
Ahora, en cambio, su paulatino abandono por sucesivos gobiernos autonómicos empeñados en cuestiones identitarias ha ido llevando a la capital catalana al desconcierto urbano de la violencia callejera, el crecimiento del movimiento okupa y, finalmente, el caos de las infraestructuras. El ex alcalde Joan Clos dejó a su impuesto sucesor, Jordi Hereu, una ciudad perpleja, con normas municipales contradictorias del conseller de Interior, Joan Saura, y de la compañera de éste, la concejal Imma Mayol.
Justo, lo contrario de lo que sucede en Valencia, donde su alcaldesa, Rita Barberá, es admirada hasta por sus propios adversarios y requerida por sus compañeros de partido lo mismo para un roto que para un descosido. No sólo es alcaldesa y diputada autonómica, sino que hay quienes ya la postulan como cabeza de lista para Las Cortes de Madrid. Demasiado. De seguir así, hasta la propondrán para sustituir a la nefasta y prepotente ministra Maleni Álvarez.
Lo cierto es que la luminosa Valencia de Rita difiere de aquella ciudad gris y ensimismada, abandonada a sí misma y carente hasta de orgullo. Tal era la postración del Cap i Casal, que sus escasos visitantes contrastaban con los de otros destinos turísticos. Por el contrario, ahora es la capital que más crece en número de viajeros.
No son ajenos a este fenómeno ni las espectaculares obras urbanas, como la Ciutat de les Arts i les Ciencias, ni los magnos eventos, como la Copa América, pese a las inevitables críticas de aquéllos cuya visión no alcanza más allá de sus narices. Y es que los grandes acontecimientos, incluida la visita de Benedicto XVI, tan denostada en su día por el fanatismo antirreligioso, tienen un efecto multiplicador sobre otras inversiones, como reconocen los economistas clásicos, las cuales acaban redundando en el bienestar general de los ciudadanos.
Gracias a ese reconocimiento internacional actual de Valencia, la ciudad se convierte en destino preferente de convenciones y congresos. Entre otros actos, está prevista asimismo la próxima edición de la Copa América, el gran premio de Formula 1, los mundiales de atletismo y el torneo de la ATP de tenis. Aprovechando la racha, que decíamos, Rita Barberá se apunta a todas: ya está solicitada la designación de Valencia como Ciudad Europea de la Cultura en 2016, se ha ofrecido como subsede de vela si Madrid consigue los Juegos Olímpicos y acaba de proponer que albergue el próximo congreso anual de Eurocámaras.
Todo esto está muy bien, pero hay que evitar que la imprevisión nos ahogue en el futuro, como ahora le sucede a Barcelona. El Gobierno de Francisco Camps tiene perfectamente identificados los problemas a resolver. Dejando aparte el perenne problema del agua, que afecta a toda la Comunidad, hay un evidente déficit de infraestructuras: desde que el desdoblamiento de la A-3 vaya más allá de Ocaña, hasta la finalización de la autovía Sagunto-Somport. Hace bien el conseller de Infraestructuras y Transporte, Mario Flores, en pelearse con Madrid por esos y otros temas aun más perentorios: las inacabables obras del AVE y la adecuación de los ferrocarriles de cercanías.
Hay que aprovechar, sí, que Valencia está en racha. Pero hay que hacerlo con visión de futuro porque, si no, lo que es pan para hoy puede convertirse en hambre para mañana.
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