Por un azar del dial radiofónico, acabo de escuchar uno de esos programas esotéricos y milenaristas. En él se especulaba con la existencia de rampas de despegue en la Luna y hasta con restos de pirámides.
Mientras se hacía tamaña sugerencia, por otra parte se dudaba de que el astronauta Neil Armstrong hubiese pisado nuestro satélite. En eso, vaya por dónde, el programa no difería de ese 6 por ciento de norteamericanos que cree que el alunizaje nunca ocurrió.
Y es que hay un porcentaje de individuos que jamás se conforma con la plácida frialdad de la evidencia. Necesita imperiosamente de prodigios, anormalidades o conspiraciones para así llevar emoción a una vida aburrida y monótona. Suelen ser los mismos que creen que Elvis Presley está vivo bajo otra apariencia o que Bush perpetró el atentado contra las Torres Gemelas, como antes la CIA habría matado a John F. Kennedy.
Paradójicamente, a medida que disminuye el número de creyentes en el monoteísmo tradicional aumenta el de crédulos en cualquier majadería. Como si fuese más complicado el dogma de la Santísima Trinidad, por ejemplo, que las estrambóticas cosmogonías de esas nuevas religiones fantasiosas a la carta. Algunas, incluso, llegan a precisar el fin del mundo a fecha fija y sus fieles no se abochornan luego tras el fracaso de sus profecías, como el modisto Paco Rabanne tras el eclipse solar de 1999.
El récord de imaginación, que no de credulidad, lo tienen los vecinos de un oscuro pueblecito de Nuevo Mexico, Roswell, que posee el primer museo extraterrestre del mundo, donde se exponen los cadáveres de cuatro alienígenas accidentados en 1947. La hipótesis plausible de que se trata de maniquíes del ejército carbonizados durante un experimento aeronáutico no desanima a los creyentes en que hay vida inteligente en otros planetas.
Quizás. Pero, visto todo lo que antecede, lo que empiezo a dudar es que la haya precisamente en este curioso planeta de nuestros pecados.
Home