En cualquier empresa, el dejar a empleados cualificados en el pasillo, delante de sus compañeros, sin mesa ni tarea alguna que hacer, se considera acoso laboral y está penado por la ley.
El fútbol, claro, es distinto, y el escarnio público a que han sido sometidos Santiago Cañizares, David Albelda y Miguel Ángel Angulo no se califica como mobbing, aunque de resultas del mismo su caché profesional caiga por los suelos. Si a usted o a mí nos hacen esto en nuestro trabajo, no le cuento la que armaríamos.
El fútbol, insisto, se mueve al margen de los códigos normales, incluso del Código Penal. Si no, muchas agresiones alevosas cometidas por jugadores en pleno partido en vez de una ridícula tarjeta amarilla merecerían penas más severas. ¿Cuántos profesionales han quedado incapacitados para el deporte por la entrada dolosa de un rival? Le pasó al ex seleccionador Javier Clemente y les ha sucedido a muchos otros jugadores, sin más repercusión, si acaso, que un emotivo partido de homenaje.
La extraña especificidad del fútbol se evidenció en el caso del jugador Jean-Marc Bosman, quien hubo de recurrir a los tribunales europeos para poder cambiar de club. Hasta aquel momento, en 1995, funcionaba el llamado derecho de retención, último vestigio del viejo esclavismo. El Valencia C.F. de Juan Soler, sin poder aplicarlo, sí lo reconoce de hecho al admitir que los jugadores no están despedidos, pero que si lo dice Ronald Koeman pues no volverán a jugar.
Ya ven. Además de las concertadas incoherencias entre presidente y entrenador, aquí no pasa otra cosa que lo predicho por Amedeo Carboni, antes de ser cesado en junio pasado. El entonces director deportivo del club perdió su pulso ante el entrenador Quique Flores por proponer, con muchísimas mejores maneras, algo parecido a lo que ahora se le ordena hacer a Koeman.
Es que ya no queda ni tacto en un deporte mercantilizado y usado por toda clase de promotores inmobiliarios, como el atlético Jesús Gil, a quienes se permite cualquier tipo de recalificación de sus estadios con la excusa de que “fútbol es fútbol” —que decía Vujadin Boskov—, a fin de que los clubes enjuaguen sus inmensas deudas y los presidentes no menoscaben sus sustanciosos patrimonios. ¿Tendremos que recordar lo que ocurre con la reurbanización de Mestalla y el nuevo complejo deportivo de Portxinos?
Fue a mediados de los 90 cuando el fútbol español inició un camino de vértigo, al socaire del dinero de la tele y la pugna entre los diferentes canales, lo que permitió subir meteóricamente sus ingresos y nos hizo creer que nuestra Liga —la de las estrellas— era la mejor del mundo. Luego, entrados en la espiral de gastos, muchos clubes históricos —Oviedo, Logroñés, Burgos…— no pudieron ni pagar a sus jugadores y perdieron su categoría.
Pero estábamos hablando del Valencia C.F., tan apoyado por el gobierno municipal de Rita Barberá como lo están otros equipos por sus ayuntamientos respectivos. Y, cuando el dinero no llega para todos, se hace como con el Levante de Julio Romero y se le avala un crédito de cuatro millones que nadie sabe cómo podrá rembolsar.
El argumento último para todas estas conductas radica en el carácter representativo del fútbol, actividad que nos identifica con todo un pueblo. Vaya por Dios. Pues no parecen muy estables ni muy fiables esos valores cuando alguien que los ha encarnado con la abnegación de David Albelda ha tenido que demandar al club ante los tribunales por “trato vejatorio”. Hace menos de cuatro años, el escritor Ferran Torrent convirtió al capitán valencianista en personaje emblemático de su novela Especies protegidas, sin imaginar ni por asomo que acabaría saliendo del club por la puerta de atrás.
Estas cosas no suceden sólo en el Valencia C.F., por supuesto. El ex técnico del Athletic de Bilbao Chato Núñezner en los tribunales un millón de indemnización de su antiguo equipo por despido improcedente, y absurdo, añadiría yo.
Sin embargo, no es ningún consuelo el que en otras partes cuezan habas. La deriva del equipo puntero de Valencia explica incluso sucesos pretéritos, como la marcha destemplada de un añorado Rafa Benítez. Y es que el club ha perdido el pulso y el rumbo deportivos. Para cualquier observador desapasionado —es difícil serlo, en esto del fútbol—, entre los responsables del club existe más una preocupación inmobiliaria en este momento de inflexión del sector, que el deseo de reconducir deportivamente un equipo a la deriva.
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