Ya ha pasado el episódico apretón sobre la letra del himno nacional, con mucha más pena que gloria. Y parece improbable que haya una segunda oportunidad, a diferencia de lo que ocurre con los alumnos suspendidos, a tenor de las reacciones suscitadas. La más aséptica ha sido la de Artur Mas y otros preclaros catalanistas: “Yo no lo cantaré, pues ese himno no me concierne”.
Por lo visto, no concierne a casi nadie.
Uno de los problemas del frustrado Paulino Cubero ha sido, precisamente, haber escrito un texto blandengue, lleno de poética de tresillo y buenas intenciones, como las de aquellos antañones personajes de Corín Tellado.
Lo que se lleva es justo lo opuesto: enfrentamiento, odio tribal y descalificación del más próximo. Es lo que hace el presidente del Sevilla F.C. con Juande Ramos, el entrenador que le ha dado al club su único título europeo. En vez de eterna gratitud, José María del Nido le dedica una frase rotunda: “Juande traicionó al Sevilla por dinero”. Todo, por haber pretendido mejorar su situación profesional yéndose al Tottenham inglés.
Pero los himnos, desde siempre, han sido belicosos y agresivos, producto en general de alguna contienda en la que se desea ver destripado al enemigo. No hace falta referirse al mexicano, donde se apela a la “¡guerra, guerra!, los patrios pendones en las olas de sangre empapad”. Tenemos más cerca La Marsellesa, que grita: “¡A las armas, ciudadanos! Marchemos, marchemos, que una sangre impura empape nuestros surcos”.
La obsesión sanguinaria es común a cantidad de canciones patrióticas. Aunque el himno oficial del País Vasco, el Eusko Abendaren Ereserkia, tampoco tiene letra, como el español, otro, el Eusko Gudariak, afirma: “Somos combatientes vascos para liberar Euskadi. Estamos dispuestos a derramar nuestra sangre por ella”. También Els Segadors jalea la violencia: “¡Buen golpe de hoz! Tiemble el enemigo viendo nuestra enseña”.
Ya sea la sangre propia o ajena, lo importante es que corra, porque hay un adversario que combatir. “Dispersa a sus enemigos y hazlos caer —pide a Dios una estrofa del himno británico—, confunde su política, frustra sus viles artimañas”. Y es que, como tituló un non nato himno el difunto presidente de Kosovo, Ibrahim Rugova, lo importante es que “el grito de guerra descienda”.
Con semejantes precedentes de sangre y vísceras por doquier, aún nos quejamos de que nuestro himno no tenga letra. Pues parece que va a ser por mucho tiempo. Y eso, en la hipótesis de que perviva una España a la que poder cantar.
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