Las campañas electorales resultan milagrosas. En ellas se nos prometen más empleos, cheques escolares, atención buco dental, ayudas de todo tipo, pisos baratos,… De durar un poco más, y agotado el repertorio habitual en estos casos, los políticos acabarían ofreciéndonos coches, cruceros por el Mediterráneo y hasta remedios para enfermedades incurables. Lo de Lourdes, al lado de nuestras campañas, sería de una miseria irrisoria.
Por eso, resulta lógico que el AVE llegue a Barcelona el día 20, dos meses después de lo previsto, pero antes del 9 de marzo decisivo. Más que un prodigio sobrenatural, el que acaben por fin las obras del trayecto ferroviario Madrid-Barcelona es de una obviedad aplastante.
Lo milagroso, para mí, es la insólita humildad sobrevenida a Maleni Álvarez, la ministra de Fomento y otros desastres en las infraestructuras viarias. Dos veces, dos, ha pedido disculpas a los sufridos ciudadanos barceloneses por el retraso y demás percances. Dado el carácter altanero y sobrado de una ministra que nunca se equivoca, al decir de ella misma, ese súbito ataque de modestia y mansedumbre es más portentoso que la bíblica multiplicación de los panes y los peces, pongo por caso.
Pero no es el único milagro preelectoral. La presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, acaba de decidir que quienes quieran educar en catalán a sus hijos en dicha Comunidad podrán hacerlo desde ahora. No sé si la coincidencia está hecha para llenar el AVE de profesores de ida y vuelta o sólo se ha debido al azar.
A mí, qué quieren que les diga, que se enseñen todas las lenguas de España en cualquier parte de nuestra geografía me parece de cajón. Lo absurdo es lo contrario: que en algunos sitios sea más fácil aprender en árabe que en gallego o que en lugares de Cataluña no pueda estudiarse en castellano.
Seguro que si aquí celebrásemos elecciones todas las semanas, ésa y otras anomalías producto de la sinrazón política se resolverían en un santiamén.
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