Las comparaciones son inevitables. Antes de juzgar el cara a cara Zapatero–Rajoy, la gente, los especialistas y los medios tienen en su retina otros precedentes: Royal–Sarkozy y, sobre todo, Obama–Clinton (Hillary). El resultado, siempre, a favor de los de fuera. ¿Son mejores sus políticos que los nuestros?
Lo que sí resulta mejor es el esquema de sus debates: la confrontación, la réplica y la viveza. Lo de aquí, más que debate es la exposición de dos monólogos: no existe careo, contraposición ni dialéctica; a la explicación la sustituye el aburrimiento.
¿La razón? El miedo a perder. Más que salir a ganar, nuestros políticos, como algunos equipos de fútbol, juegan a que no les metan goles y procurar algún tanto al contraataque. En Estados Unidos, en cambio, no se admite el empate en ningún deporte. O ganas o no.
Eso se enseña en las escuelas de primaria. También a debatir en público. Aquí, si se sale de la ESO sin saber leer y escribir, ¿cómo vamos a tener luego buenos controversistas? Eso, dicho sin demérito ni de Rajoy ni de Zapatero, pobres.
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