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Amigos y enemigos de las Fallas

Enrique Arias Vega 03 Mar 2008 - 08:23 CET
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Todo se ha desmadrado, hasta las fiestas.

Así, hay quien no disfruta del botellón sin arriesgarse a caer en un coma etílico. O se pone delante de un toro en San Fermín como si éste, en vez de cuernos, sólo llevase la chistera de El cobrador del frac.

Es el resultado del hedonismo de una sociedad más dada a la jarana que al trabajo, donde al sentido común lo reemplaza a veces la irresponsabilidad, como hacen quienes organizan carreras de coches en plena vía pública, por ejemplo.

Normalmente, estas cosas no suceden con las tradiciones populares, donde el ánimo de juerga se acomoda a los parámetros de la costumbre. Aun así, ya hace un siglo algún descerebrado tiraba de faca en las verbenas de su pueblo y pasaba lo que pasaba.

Las Fallas, de siempre, sólo han sido motivo de jolgorio y de modesta pugna por ver quién era más fantasioso en sus ninots, tenía las falleras más guapas o se las ingeniaba para exhibir mejor sus efímeros monumentos. Pero, claro, la vertiginosa escalada de gastos, fastos y pretensiones a que nos impele la sociedad de consumo ha desbocado la fiesta fallera en ruido, luces y gentío a cualquier hora e incluso a deshora.

De ahí proviene el cabreo de bastantes vecinos del barrio de Ruzafa, no ya por no poder dormir durante 20 días —suceso que asumen con paciencia benedictina—, sino por los desorbitados y peligrosos anclajes de una iluminación cada vez más fastuosa.

El Ayuntamiento de Valencia suele hacer la vista gorda a ciertos desmanes, pone la circulación rodada de la ciudad patas arriba y hasta congela las ordenanzas que limitan los ruidos y otros excesos contra la salud pública.

Consecuencia de todo ello: la sociedad se alinea en dos bandos de forma incruenta —enamorados de las Fallas, los más, y abominadores del festejo, los menos—. La cosa no tiene mayor trascendencia, pues enemigos de la bulla y la parranda los ha habido siempre. El poeta francés Paul Valéry ya decía que “el mundo no estaría del todo mal si no fuese por las fiestas”, aserto que compartía el escritor argentino Julio Cortázar.

Por lo demás, eso sucede también con otras celebraciones: hay quien aprovecha los Carnavales para escaparse de Cádiz, la Feria de Abril para hacerlo de Sevilla, o alquila su balcón para la procesión del Corpus en Toledo.

Lo único que ocurre en las Fallas es que habrá que poner límite al gasto, para evitar su crecimiento infinito. Lo mismo hacen algunas Ligas del deporte profesional y eso, en vez de disminuir el espectáculo, sirve para aguzar el ingenio y aumentar la competencia.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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