Las elecciones norteamericanas no suelen servir para elegir los mejores, tal como se ha visto con Bush y compañía, pero al menos se escruta tanto la vida de los candidatos que como no tengan un pasado impoluto se quedan para vestir santos.
Le sucedió, entre otros, al ex senador Gary Hart, quien retó al diario Miami Herald a que demostrase una relación ilícita que afirmaba que tenía. El periódico lo hizo con toda clase de pelos y señales —es un decir—, llevándose por delante las aspiraciones presidenciales del retador.
No es el único que ha quedado tirado al borde del camino. También les ha sucedido a los republicanos Mark Foley, pillado con un menor, o Larry Craig, que se insinuó a un policía en un aeropuerto, aunque tampoco hay que remontarse al pasado para observar la agobiante fiscalización a que la opinión pública somete a los candidatos. John McCaine, por ejemplo, ha debido hacer frente a falsas imputaciones y demostrar que es un viejecito honorable, de salud excelente.
A Barack Obama, por su parte, le trae por la calle de la amargura un inocente turbante exhibido durante una visita a Kenia hace dos años y ha debido deshacerse de su director espiritual, el estrafalario bocón comeblancos Jeremiah Wright.
Hillary, a su vez, se ha desprendido de la brillante política y ex candidata a la vicepresidencia Geraldine Ferraro debido a unos comentarios inadecuados que hizo sobre su rival. Además, merced al puterío del dimisionario gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, ha perdido en él a uno de sus mejores apoyos en la carrera electoral.
Pese a esa vigilancia con lupa, una vez ya en la Casa Blanca puede cruzarse en el camino de cualquier presidente un caso Watergate, como le sucedió a Richard Nixon, o una becaria de nombre Monica Lewinsky, como le ocurrió a Bill Clinton, y tanto escrutinio y tanta leche no habrán servido para nada.
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