Todavía hay quien lucha contra la globalización, con un esfuerzo tan bellamente inútil como el de oponerse a la ley de la gravedad.
Que la globalización es inevitable lo evidencian los equipos de fútbol. Si les quitásemos el escudo de la camiseta, como se hace con las etiquetas del vino en las catas a ciegas, no sabríamos distinguir por su composición étnica al Barça, del Arsenal o el Bayern Munich.
Así, resulta que el último internacional blaugrana, Ausslin, es un muchacho de 16 años, pero israelí.
No hace tanto, los grandes clubes enviaban ojeadores por todo el mundo. Ya no hace falta. Ahora ofrecen campus por Internet, a los que se apuntan niños de Nigeria o Cabo Verde.
Lo hace hasta el racial Athletic de Bilbao. Cuatro años en Lezama y unos cursos de euskera convierten en vasco hoy a cualquier senegalés o ucraniano. Lo comprobaremos en San Mamés en un par de temporadas.
¿Hay alguien capaz de parar todo eso? Imposible.
Home