Mientras la inflación sube —andamos ya en el 4,6 por ciento—, nuestro porcentaje de crecimiento bajará este año hasta el 2,5. Dicho de otra forma: ganamos menos, pero las cosas nos cuestan más.
Con semejante panorama, no me extraña que en lo que llevamos de 2008 haya cerrado en Salamanca, por ejemplo, el triple de comercios que hace un año. El alegre consumo de hasta hace poco se ve frenado no porque cambien nuestros hábitos, no, sino porque se vacían nuestros bolsillos. ¿Cómo atender al coste creciente de las hipotecas, mientras empieza a disminuir el empleo y suben los precios básicos?
Para evitar males mayores, ya hay municipios que han congelado impuestos como el IBI. Alguno, incluso, los ha rebajado, para animar así al alicaído consumo. Justo, lo contrario que en Salamanca, donde el IBI acaba de subir un 19 por ciento para que las arcas municipales ingresen 8 millones más que en 2007. Para el alcalde salmantino, Julián Lanzarote, lo importante es que el ayuntamiento tenga más dinero, aunque sus vecinos se queden con menos.
En otros sitios, digo, los munícipes parecen dispuestos a recortar prestaciones con tal de no ahogar a los contribuyentes. Y eso que a algunos de ellos la caída de la construcción les ha dejado sin el grueso de sus ingresos. Lo tendrán, pues, crudo para mantener ciertos servicios al nivel actual.
Al Estado central, en cambio, la crisis en ciernes no parece preocuparle demasiado. Entre otras razones, supongo, por su elevada capacidad de endeudamiento, que ya sabemos que consiste en posponer los problemas de hoy para que otro los solucione el día de mañana.
Algunas comunidades autónomas tampoco parecen sufrir en demasía. Cuando se ven apuradas, chantajean a Madrid y los fondos aparecen como por ensalmo.
De los ayuntamientos, por el contrario, pasado el furor de la especulación urbanística, no parece acordarse nadie. Así que a apretarse el cinturón o, como hace Lanzarote, a apretar el cinturón de los demás.
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