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Profesores con autoridad

Enrique Arias Vega 07 Abr 2008 - 07:36 CET
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La izquierda no tan radical considera la disciplina como un concepto caduco y su aplicación en las aulas como una actitud reaccionaria.

Feliz ella. Así no la preocupa en demasía la agresión en la universidad a personas de otro ámbito ideológico, ya sean María San Gil, Gotzone Mora o Rosa Díez, cuando simplemente pretendían hablar en ella.

No sé si la coincidencia de género añade a la vileza de los ataques la agravante de hacerlo debido a su condición femenina, lo que sería la leche. Ya saben, en cambio, qué sucede cuando la intimidación se produce en sentido contrario, como el día en que los fachas pretendieron boicotear una charla de Santiago Carrillo. En aquella ocasión, los epítetos descalificadores resultaron atronadores.

Esas actitudes desalmadas y fascistas —ya sean de izquierdas o de derechas, tanto da— se maman y se cultivan desde mucho antes. La intimidación y el acoso escolar, el reto y el enfrentamiento a los profesores, el absentismo, la violencia y el desinterés académico se inician cada vez a edades más tempranas y han pasado de ser una rara excepción a convertirse en una plaga endémica.

En ello, además, los padres somos, si no cómplices, al menos pasivos consentidores de una situación que se nos ha escapado de las manos. Recuerdo que en una tertulia televisiva coincidí con un director de instituto al que un mozarrón de 18 años le había puesto una navaja en el cuello. “Lo peor no fue eso —reconoció el atribulado docente—, sino que el padre vino luego a pegarme por haber expulsado a su hijo del centro”.

La verdad es que se ha tardado mucho en reaccionar. Eso, los que lo han hecho, que son una minoría. Ha sido preciso que el problema desborde el ámbito académico y que un profesorado atemorizado haga cola en las consultas de los psiquiatras, ya que no en vano la suya es la profesión con más morbilidad por motivos psicológicos.

Felicidades, pues, al conseller valenciano Alejandro Font de Mora por haber agarrado ese incómodo toro por los cuernos y tratar de recuperar la autoridad del profesor en las aulas. Porque, no nos equivoquemos, la permisividad no conlleva la subversión de valores, ni la democracia la ausencia de jerarquía. Si no se pone al profesor en su lugar, tampoco estará en el suyo el alumno y no podrá aprender, que es de lo que se trata.

La disciplina, volviendo al inicio de este artículo, no supone una limitación, sino la mejor garantía de los derechos de todos los participantes en el sistema educativo. En eso estamos.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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