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A ver quién se «coloca» más

Enrique Arias Vega 10 Abr 2008 - 08:38 CET
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Dicen que todos propendemos a hablar más de aquello que menos conocemos.

En mi caso debe ser cierto, porque no sé cuántos artículos llevo escritos ya sobre el botellón dichoso. Y es que cuanto más reflexiono menos comprendo que ponerse al borde del coma etílico sea “una gozada” o suponga “una vidorra de puta madre”, según manifestaban algunos de los miles de asistentes al último macrobotellón de Granada.

La primera vez que observé los estragos del alcohol en adolescentes de 12 y 13 años fue en la década de los 80, en un pueblecito finlandés, durante un fin de semana. “Bueno —pensé entonces—, en estos países fríos la gente ya no sabe ni cómo calentarse”.

El ignorante era yo, que desconocía que semejante moda acabaría por implantarse en España, a veces con muchachos medio despelotados a causa del calor. O sea, que la razón del desmadre es otra.

Sé que hay gente a la que le gusta vivir al límite. Se trata de esos individuos que se dedican al parapente o al rafting, si son civilizados, y que practican carreras ilegales de motos o conducen contra dirección en autovías si, en cambio, resultan agresivos y descerebrados.

Su afición puede dejarles parapléjicos, claro. Pero esa barbaridad hasta la comprendo, por aquello de la descarga de adrenalina y demás. Lo que sigo sin entender, sin embargo, es qué emoción puede haber en intoxicarse hasta el filo del colapso o del atontamiento, como no sea la de lograr sobrevivir hasta el siguiente encuentro etílico. Quizá por eso se leía en algunas camisetas de los congregados en Granada: “Yo estuve en el botellón de 2006”, como si se tratase de una proeza.

Algo funciona mal en una sociedad en que la diversión, para muchos jóvenes, consiste en embrutecerse, agredir a otros y pasar de una escuela que el 30 por ciento abandona antes de concluir sus estudios. De momento, en espera de saber cómo encarar el problema, nos conformamos con trasladar el botellón a las afueras de las ciudades y evitarnos así el espectáculo.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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