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La crisis que nunca existió

Enrique Arias Vega 11 May 2008 - 12:11 CET
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Cuando hace casi un año Emilio Botín puso en venta los inmuebles del Banco de Santander, algunos ya previmos entonces que la crisis inmobiliaria estaba al caer. Precisamente el hombre ha llegado a donde está gracias a anticipaciones de ese estilo. Ahora, claro, predica que la crisis económica no es para tanto, pero él ya ha puesto sus inversiones a buen recaudo.

Otro dato. Hace ocho meses, el comisario de la UE Joaquín Almunia dio una conferencia en Valencia, en la que auguraba un crecimiento económico para España sólo del dos y pico por ciento. A su lado, el vicepresidente Pedro Solbes, quien acababa de presentar a su correligionario, aún mantenía en los presupuestos generales del Estado la estimación del 3,1.

Así que no es que nuestro Gobierno no estuviese avisado. Hasta el bocón de Hugo Chávez se permitió amenazar con que el petróleo puede llegar a los 200 dólares barril: de momento, estamos en los 116 y subiendo.

Otras variables menos previsibles han coadyuvado a la subida de precios: desde la creciente demanda de materias primas de los países emergentes, como China e India, al disparo de los productos agrícolas con la disculpa de los biocombustibles. O sea, que no es que tengamos un solo problema, sino tres en uno, como esos lubricantes que sirven para todo.

¿Cómo, en semejante marco tan concreto, le ha pillado en cueros el frenazo económico al Gobierno de Rodríguez Zapatero?

Hay varias razones: desde ese optimismo antropológico que se atribuye a nuestro presidente hasta la confianza en el superávit fiscal acumulado. Claro que, al ritmo previsto de más prestaciones económicas y sociales, el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, ya ha vaticinado que no nos llegará ni a mediados de la presente legislatura.

Y menos mal que el presidente del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet, se emperra en mantener los tipos de interés —a diferencia de su homólogo norteamericano, Ben Bernanke—, gracias a lo cual la inflación no se dispara aún más. Ya sé que eso dificulta la recuperación económica y que ahoga todavía más a los deudores hipotecarios, pero es que no hay peor cáncer para una economía modesta que la inflación. Entre la improvisación de medidas gubernamentales, por cierto, está la de alargar los plazos hipotecarios, contra la que ha prevenido en estas mismas páginas Juan Iranzo, director del Instituto de Estudios Económicos, al explicar que un ligero recorte inicial de pago conlleva que al final el préstamo resulte mucho más oneroso.

Llámese, pues, como se llame a lo que está sucediendo —subida de los precios y de la tasa de paro, cuando aún estábamos muy lejos de ese 5 por ciento que Keynes consideraba como pleno empleo—, es ésta una situación de crisis que, como todas, bien gestionada puede incluso cimentar el progreso del futuro. Eso le ocurrió en los años 80 a Felipe González, quien con el brazo ejecutor de Carlos Solchaga acometió una brutal reestructuración industrial sin la que no habríamos llegado a donde estamos.

No parece que sea el caso de Rodríguez Zapatero, cuyo programa electoral y cuyos vigentes presupuestos generales del Estado abogan por desarrollar políticas sociales sin tener en cuenta el recorte de ingresos. ¿Cómo se hará frente, por consiguiente, a la reconversión del sector inmobiliario, a la nueva apuesta por la industria del conocimiento, a la recuperación de un desastroso nivel educativo, al mantenimiento del plan de infraestructuras,…?

Eso, lamentablemente, en perjuicio de prestaciones sociales prometidas. ¿Cómo podrán cumplir su parte, además, unos ayuntamientos camino de la ruina? ¿Cómo conseguirán su justa financiación comunidades como la valenciana, en que la reiterada petición de fondos por Francisco Camps chocará con un Estado económicamente menguante y con compromisos ineludibles con el ejecutivo catalán de Montilla?

Ya sé que lo que ahora se lleva es decir que no hay crisis y que las actuales turbulencias sólo son pasajeras. Entre otros motivos, eso se dice porque una percepción positiva de los problemas puede paliarlos en parte. Dios lo quiera, porque lo cierto es que muchos ciudadanos, desde notarios a taxistas, notan el paulatino descenso de su actividad económica.

En el caso de la Comunidad Valencana, si todo esto nos hubiese cogido con el PHN en marcha, el AVE funcionando y la A-3 con su desdoblamiento acabado, otro gallo nos cantaría. Pero de todo esto hablaremos, y a fondo, otro día.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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