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El caso de María José Carrascosa

Enrique Arias Vega 24 May 2008 - 23:11 CET
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Nunca he sido optimista en el triste caso de María José Carrascosa, detenida en Estados Unidos al no haber entregado su hija al padre de la niña. No es por nada, sino por la estricta aplicación legal de los tribunales norteamericanos. Una justicia que acosó a un presidente, como Richard Nixon, hasta obligarlo a dimitir no se anda con chiquitas. Otro presidente, Bill Clinton, se salvó por los pelos, pero tuvo durante dos años en su cogote el aliento de un fiscal especial, Kenneth Starr.

Ya ven cómo son las cosas.

Ahora, en cambio, el que haya asumido su defensa Marcos García Montes me hace ver el asunto de otra manera. No ya por las presuntas cualidades jurídicas del abogado, que no estoy en condiciones de dilucidar si las posee, sino por su capacidad mediática y su dominio de las tablas. Allá donde él aparece, se producen segundas y terceras autopsias, argumentaciones imposibles y escándalos garantizados. De momento, ya ha exhibido un presunto documento falsificado que invalidaría todo el procedimiento seguido hasta la fecha.

Reconozco que me fascina un letrado que ha representado desde Rafi Escobedo hasta la madre de Rocío Wanninkhof, pasando por Ruiz Mateos. Y no les cuento todos los casos en que ha llevado la acusación particular porque ustedes los conocen de sobra. Tanto me impresiona el abogado, que me inspiré en él para el personaje de Ramón García Valle de mi novela El ejecutivo.

Pero hablábamos de la dramática historia de la valenciana presa desde hace año y medio en New Jersey por la denuncia de su marido de haber secuestrado a la hija de ambos, de 7 años, violando de esa manera un acuerdo previo de quedarse con el padre, y por el subsiguiente desacato al tribunal que ordenó el regreso de la niña a Estados Unidos.

Estamos ante un problema de competencias judiciales, claro, porque la audiencia de Valencia ha fallado en sentido contrario a los tribunales norteamericanos, reconociendo el derecho de la madre a estar en España con su hija, retirando el pasaporte a la niña para que así no pueda salir del país. Por otra parte, la convención de La Haya, suscrita por España y Estados Unidos establece que el menor secuestrado por uno de los padres debe ser devuelto al lugar de residencia y decidirse allí su custodia.

Es, pues, escaso el margen de nuestras autoridades en su ayuda a María José, que ya ha visto denegada tres veces la petición de habeas corpus para su excarcelación, la última de ellas el 20 de marzo pasado. Y no será por falta de interés del Consell, que se sumó a la causa, ni del Gobierno de España. Éste, en su apoyo a indefensos compatriotas condenados en el exterior, consigue el regreso a nuestro país de una persona cada tres días, lo que no es poco, aunque todavía sigue habiendo más de 1.500 españoles presos en medio centenar de países.

La esperanza, ahora, radica en un encuentro en La Haya del juez estadounidense Edward Torack con sus homólogos españoles para unificar criterios y resolver de una vez el asunto. Si no, el tema se sustanciará el próximo 23 de junio en el tribunal de Hackensack, donde le podrían caer a la valenciana hasta 109 años de pena por siete delitos relacionados con el desacato y el secuestro de la pequeña. La mejor hipótesis sería, al parecer, una condena de dos años que conllevaría su excarcelación inmediata, la confiscación de sus bienes en Estados Unidos y su más que probable deportación.

Así está este espinoso asunto. Resulta lógico, pues, el nuevo impulso que ha querido darle antes de esa fecha clave el letrado García Montes. En pocas semanas, ya ha inundado los medios con declaraciones, se ha entrevistado con el presidente del tribunal Superior de Justicia valenciano, Fernando de la Rúa, ha incorporado a su ofensiva mediática a José Joaquín Martínez, aquel español rescatado del corredor de la muerte en Estados Unidos y ha organizado una manifestación ante la embajada norteamericana el 13 de junio.

A mí, qué quieren que les diga, aparte de la lamentable peripecia de la pobre María José Carrascosa y de su incansable y animosa hermana Victoria, lo que más me perturba es la doble orfandad actual de su hija que, para más inri, figura en el archivo informático de niños explotados y desaparecidos en EEUU, con su rostro bien visible en la página web.

Bochornoso.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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