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El carísimo despiste nacional

Enrique Arias Vega 19 Sep 2008 - 16:10 CET
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Tras perder mi tarjeta de crédito, he ido a mi supermercado de siempre a ver si me la había dejado allí. En la caja central comienzan a rebuscar entre decenas de otras tarjetas —de crédito, de débito, de consumo…—, de carnés de identidad, de pasaportes… ¡La leche!

—¿La gente se ha dejado todo esto? —pregunto, estupefacto.

—Claro. Y esto no es nada: normalmente tenemos muchos más.

La escena me retrotrae a hace unos años, en que una amiga portuguesa se olvidó un carrito para maletas en el aeropuerto de Barcelona. Le acompañé a buscarlo.

La oficina de objetos perdidos era un hangar enorme. Entre un centenar de carritos para equipajes no estaba el suyo:

—No importa —nos dijo el encargado—; cojan el que quieran. Total, nadie va a venir a buscarlos…

Ya ven qué mayúsculo despiste nos traemos. Eso, en bagatelas, por así decirlo, si creemos que una tarjeta de crédito, un carné de identidad o un pasaporte son sólo fruslerías. Pero es que en el depósito del aeropuerto había hasta motos, trajes de novia y cochecitos de bebé (ignoro qué habría ocurrido con sus pequeños ocupantes).

Lo peor es que, durante años, beneficiarios de seguros de vida no han llegado a cobrarlos, por ignorar su existencia. También las entidades financieras se han quedado con millones y millones de euros allí depositados que con el tiempo nadie ha reclamado.

Estamos hablando de una gran industria nacional, la del despiste, que mueve miles de millones, muchos más que el sector de sillas de enea o el de pasamanería fina, pongamos por caso. Tentado estoy, pues, de crear una agencia como las que existen para el cobro de morosos pero que se dedique a la recuperación de productos del despiste. Vamos, lo que hace el Odissey con los tesoros hundidos, pero lo mío en moderno.

¡Ah! Por si a alguien le había quedado la curiosidad: he recuperado mi tarjeta de crédito tras vencer la tentación de apropiarme de alguna ajena.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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