En las últimas décadas se han cerrado al culto bastantes templos católicos y alguno ha acabado como lugar de ocio o diversión.
Son los signos de los tiempos, de las leyes de mercado y de la libertad religiosa. Pero mientras el número de iglesias disminuye, el de mezquitas aumenta.
No es un asunto sólo de España, claro, pese a que en este país existan oficialmente censadas entre 300 y 400 mezquitas; ellas y otras tantas irregulares atienden las necesidades espirituales de un millón de musulmanes. Y aunque aquí no hemos llegado a lo de Rótterdam, donde el mahometano de origen marroquí Ahmed Abontaleb será su nuevo alcalde, todo se andará.
La tolerante y laica Europa se vuelca, pues, con el Islam. Lástima que los países islámicos no muestren la misma tolerancia e idéntica reciprocidad con otras religiones, incluida la católica. Si así lo hicieren, dejarían sin argumentos a quienes creen ver en la proliferación de mezquitas el peligro de un nuevo fundamentalismo.
El debate no ha hecho más que comenzar.
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