Para pasar a la Historia, en este país hay que estar previamente muerto. Pero José María Aznar, ni eso. Cada declaración suya, con la incontinente desenvoltura que le caracteriza, supone un nuevo clavo para el ataúd en el que muchos quieren, como a Drácula, enterrarle en vida.
El último ha sido la entrevista en la excelente revista norteamericana Vanity Fair. Su afirmación de que la elección de Barack Obama representa un “exotismo histórico” ha abierto, una vez más, la caja de los truenos que tan bien controla el vicesecretario del PSOE, José Blanco. Para éste, Aznar es un ser “profundamente reaccionario, con claras raíces racistas y que desprecia a los ciudadanos”. Más dicterios en una sola frase, imposible.
Claro que Blanco ya se había despachado cuando el fichaje del ex presidente español por Rupert Murdoch. “El patriotismo de Aznar tiene un precio —dijo entonces— y ahora sabemos cuál es”.
Semejantes descalificaciones resultarían inadmisibles, precisamente, en el país de Obama. Éste acaba de reunirse con todos sus predecesores en el cargo —quienes, a diferencia de España, según el protocolo estadounidense conservan la denominación de presidentes— y ha agradecido la ”ayuda y buenos consejos” no sólo de sus correligionarios Bill Clinton y Jimmy Carter, sino también de sus adversarios políticos: George Bush, padre e hijo.
En España, digo, para agradecerle a uno los servicios prestados hay que haberse muerto o, al menos, que hayan transcurrido veinte años y se haya pasado la difícil peripecia personal de Adolfo Suárez, quien durante su mandato fue tildado de “tahúr del Mississippi” por alguien tan connotado como Alfonso Guerra. ¿Recuerdan? Otros no han merecido ni eso, como el ignorado ex presidente Leopoldo Calvo Sotelo, quien a tenor del ominoso silencio sobre su persona no ha debido de existir.
Volviendo a José María Aznar, éste se ha visto obligado a decir que sus palabras sobre Obama han sido “malinterpretadas” y “sacadas de contexto”. Probablemente. Y eso le pasa a quien, prepotentemente, se mete en berenjenales de otras lenguas, sin ni siquiera revisar lo que le atribuyen.
Tengo un ejemplo de ello. Asistí a una conferencia de Aznar, siendo presidente, en la universidad neoyorquina de Columbia. Echado para adelante, quiso prescindir de intérprete en el diálogo con los alumnos. Ya la primera pregunta no pudo entenderla y entonces el atribulado embajador Enders se vio obligado a asumir el poco lucido papel de traductor.
Sea, pues, de una u otra manera, está visto que en cuanto Aznar abre la boca ya tenemos garantizado el lío, aunque sólo sea por la mala leche nacional que le persigue. Así que, por el bien suyo y por respeto a todo lo que encarna, vale la pena que él sea más prudente y los demás menos vengativos.
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