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El liderazgo absoluto de Francisco Camps

Enrique Arias Vega 18 Ene 2009 - 18:03 CET
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Entrevistado el otro día por la televisión, un técnico nombrado para su cargo por el Consell se dedicó a citar en cada frase de forma reverencial y gratuita el nombre de Francisco Camps. Deliberadamente o no, dio la impresión de un temor injustificado a perder su puesto o, cuando menos, de un sometimiento excesivo al presidente de la Generalitat.

La repetición de sucesos como el descrito comienza a ser sistemática y preocupante, sobre todo, porque nada de ello está en el ánimo de nuestro presidente, persona exquisita en las formas y sencilla en su trato personal.

Pero lo descrito ahí queda.

Y es que la ausencia de oposición política que reiteran machaconamente las encuestas aventura un dilatado mandato presidencial y predispone a un hiperliderazgo no necesariamente buscado y, menos aun, deseado por su protagonista. Nada lo empaña. Ni siquiera el reciente rifirrafe del PP alicantino, con la victoria de José Joaquín Ripoll sobre el campsista Pérez Fenoll ha menoscabado un ápice la autoridad del jefe del Consell.

También es verdad que ese mismo fenómeno viene aconteciendo con todos aquellos políticos que ostentan el poder. Véase, si no, el caso de Rodríguez Zapatero, quien con toda la que está cayendo continúa con ventaja en los sondeos sobre el pobre de Mariano Rajoy, al cual sí que le crece la contestación interna.

El poder, por consiguiente, robustece a quien lo tiene mientras que su carencia hunde aun más a quienes aspiran a conseguirlo. En nada mellan, pues, a Rodríguez Zapatero los desmanes de ministros tan prescindibles como Fernández Bermejo, Magdalena Álvarez, Bibiana Aído y un largo etcétera de incompetentes con cartera. Tampoco parecen preocuparle a Francisco Camps las críticas que reciben algunos consellers, como Font de Mora o Trini Miró, cuya gestión, por otra parte, es infinitamente mejor que la de sus homólogos ministeriales.

Por méritos propios, pues, y sobre todo por deméritos ajenos, el poder estatal y autonómico lleva camino de perpetuarse. Así sucede por ejemplo que, al margen de la pretensión de sus propios protagonistas, la reciente recepción en el Palau del presidente Camps a los líderes de Compromís, Enric Morera y Mónica Oltra ofrece la condescendiente imagen del profesional curtido frente a unos becarios de la cosa pública con ganas de hacer méritos para un ascenso.

Lo mismo le ocurrió pocos días antes al socialista Jorge Alarte quien, para mayor inri, a las cuarenta y ocho horas vio cómo el mismísimo vicesecretario federal de su partido, José Blanco, desautorizaba sus manifestaciones en favor del trasvase Tajo-Segura.

Ya ven si es o no arduo el papel de oposición en una Comunidad Autónoma. Si alguien aún tiene alguna duda podría disipársela la popular María Dolores de Cospedal, quien sólo se permite expedientar a su díscola correligionaria catalana Montse Nebreda y, en cambio, en Castilla-La Mancha anda siempre a remolque de José María Barreda, con el propósito de no acabar de perder definitivamente el tren de las encuestas y poder aspirar algún día a presidir aquella Comunidad.

Además de todo esto, a medida que crece la financiación autonómica y que menguan por consiguiente los recursos con que se queda el Gobierno central, también se acrecienta el poder de los presidentes territoriales del Estado español. Me imagino lo que se estarán arrepintiendo a estas alturas aquéllos que llevados por una legítima e insensata ambición dejaron su poltrona para aspirar a una cartera ministerial: Juan José Lucas, Jaume Matas, Eduardo Zaplana, José Bono,… la mayoría de los cuales ya han desaparecido en combate mientras que los perseverantes, como Manuel Chaves, Ramón Luis Valcárcel y otros, ahí siguen.

Por ésas y otras razones, los dirigentes autonómicos en el poder incrementan su liderazgo de forma exponencial.

En el caso de la Comunitat resulta más obvio todavía. Mientras a Jorge Alarte se permiten replicarle desde Ferraz, Mariano Rajoy no se atreve ni a chistar a Paco Camps. Al revés: su tambaleante presidencia nacional del PP necesita inevitablemente del visto bueno constante del líder valenciano.

Pero ese poder sin fisuras del President también tiene sus inconvenientes. Voces reflexivas y discretas dentro del propio PP temen que la falta de contraste interno, de opiniones contrapuestas y de exigencia crítica acomoden la acción del Gobierno y hagan que se duerma en sus laureles.

En un momento especialmente delicado como éste, con una crisis económica que se aventura más larga y difícil de lo que quieren hacernos creer los voceros oficiales, resulta más necesaria que nunca la imaginación, el debate de ideas y la oferta de alternativas. Justo, lo contrario de lo que propicia el sometimiento obsecuente y acrítico a un liderazgo absoluto.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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