Parece que en época de crisis los vendedores deberían ser más amables que lo normal, para aumentar su alicaído negocio, pero no es así.
Ignoro si se debe a que bastantes servicios —electricidad, telefonía, suministros domésticos varios,…— subcontratan con otras empresas, a cuyos empleados los clientes de la compañía original se la sudan.
Lo cierto es que muchos dependientes españoles no tienen nada que ver con sus homólogos norteamericanos, que ya te están sonriendo antes de entrar en la tienda. Más bien se asemejan a aquellos vendedores de los antiguos países comunistas, irritados cuando alguien les importunaba para comprar cualquier cosa.
También en eso estamos perdiendo las formas: por falta de profesionalidad, de buena educación, de conocimiento de lo que se vende o por lo que sea.
Uno va echando de menos a aquellos tenderos que antes de nada ya te saludaban: “Hola, reina” o “¿Qué va a ser hoy, guapo?” Entonces quizá nos parecía un exceso de familiaridad. Hoy, en un mundo más hosco, añoramos ese detalle de cariño interesado.
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