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Por qué la Comunidad Valenciana vota al PP

Enrique Arias Vega 29 Mar 2009 - 10:54 CET
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La pregunta se la formulaba esta semana en un diario digital el ex director de Avui Vicent Sanchis, “un valenciano que forma parte de la nación catalana”, según él.

Resulta recurrente la perplejidad de los catalanistas ante el repetido éxito electoral del Partido Popular en la Comunidad Valenciana. Las razones de éste, para el periodista citado, son varias. La primera, “la insolvencia continuada del PSOE” desde los tiempos del “tristísimo Joan Lerma”. La segunda, la identificación “sin vergüenza” de “los medios de comunicación dominantes” con los intereses del PP.

Donde la argumentación roza el insulto es en la tercera hipótesis: “Muchos valencianos, sencillamente, son demócratas a la fuerza y miran con orgullo los gestos autoritarios y arrogantes de sus líderes”. Toma ya. Por esa sinrazón, según el articulista, los electores “incluso les ríen la gracia y la testosterona” a sus corruptos dirigentes.

O sea, que los ciudadanos de la Comunidad somos unos fachas y unos imbéciles.

No es la primera vez, insisto, en que desde Cataluña se sorprenden de que aquí el PP no se haya convertido en un partido casi residual, como en el Principado. Un cuarto de siglo de nacionalismo ha conseguido que muchos catalanes ignoren hasta su propia historia. Desconocen el peso que tuvieron en el primer franquismo Josep Vergés, Ignacio Agustí y otros escritores que fundaron la revista Destino en marzo de 1937. O el rocambolesco papel de espía de Franco en Marsella que realizó el genial prosista Josep Pla.

Más tarde, en la democracia, el errático rumbo de una derecha acomplejada por ese pasado poco ejemplar, como acaba de recordar el historiador Joan B. Culla en su libro La dreta espanyola a Catalunya, 1975-2008, la ha dejado “sin margen de maniobra y sin autonomía para elaborar un proyecto propio”, dando tumbos desde Aleix Vidal-Quadras a Alicia Sánchez-Camacho, pasando por Josep Piqué. Esa ausencia de programa es la que ha propiciado la aparición del epifenómenos como Ciutadans, de Albert Ribera, con un futuro aún incierto.

Justo, lo contrario que en la Comunidad Valenciana.

En ella, el Partido Popular ha propuesto soluciones concretas para los problemas cotidianos de la gente, se esté de acuerdo con ellas o no, frente a la deriva ideológica de un PSPV-PSOE que nunca pudo desembarazarse del todo de la prédica identitaria y pancatalanista de Joan Fuster.

Claro que sucesivas derrotas electorales han llevado a un sector del socialismo autóctono a revisar muy recientemente sus planteamientos y a pensar más en las necesidades de la gente que en los principios doctrinales. En ese contexto se inscribe la llegada de Jorge Alarte a la secretaría general del partido y el giro copernicano en algunos temas como el trasvase Tajo-Segura o su mayor implicación con entidades y costumbres tradicionales.

En esa labor le lleva varios lustros de ventaja el PP. Y no es sólo una cuestión ideológica, sino social, ya que obtener más del 50 por ciento de apoyo electoral supone recibir el apoyo de un espectro muy variado de ciudadanos: desde la derecha hasta el centro-izquierda, desde partidarios de un Estado fuerte hasta regionalistas de toda la vida.

O sea, que depender el éxito del Partido Popular del clientelismo político o de un ignominioso carácter antidemocrático de los valencianos nada de nada.

En otros pagos, sí que el Partido Popular lleva camino de extinción, como algunas especies zoológicas, al haber dejado el poder en manos de un nacionalismo excluyente. Sucedió tras las primeras elecciones autonómicas en Cataluña, donde se presuponía una victoria cantada del socialista Joan Raventós y su inesperada derrota le permitió a Jordi Pujol 23 años consecutivos de Gobierno. Y en el País Vasco, en el que pese a la victoria de Txiki Benegas en 1984 acabaría gobernando el peneuvista José Antonio Ardanza.

Aquí, digo, no ha existido un nacionalismo exterminador de la solidaridad interregional ni del concepto del Estado, actitudes que sí ha sabido mantener, en cambio, el PP.

Pero hay más: se esté o no de acuerdo con ellos, la capacidad de trabajo y de ilusión colectiva de personajes como Eduardo Zaplana y Francisco Camps resulta innegable. Y, como contraste, tenemos en Valencia la eficacia y el entusiasmo de Rita Barberá frente al menguado papel de oposición convencional que ejerce Carmen Alborch, cuya inanidad política irrita a sus propios votantes.

Éstas, y no otras, son las razones por las que el Partido Popular sigue siendo el más votado. Si el PSPV-PSOE logra dar vuelta a esta situación, quizá vuelva a serlo él en un futuro. Hoy por hoy, esa hipótesis aún parece lejanamente alcanzable.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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