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Los «mal queda»

Enrique Arias Vega 23 Abr 2009 - 13:48 CET
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Tengo a un consejero de una comunidad autónoma persiguiéndome por medio país para que tomemos juntos un café. Tal requerimiento se debe al comentario que hice sobre un turbio asunto de contractos públicos que le afectaba. Está visto que no hay como criticar a alguien para que te preste toda la atención. En cambio, si hablas a su favor no te hace ni caso.

Bueno. Eso no es del todo exacto. Una vez elogié la actitud del rector de una universidad y el hombre, se supone que espoleada su curiosidad por lo insólito del suceso, me citó para conocernos. Tras estar yo pendiente de su apretada agenda todo el día, canceló el encuentro sin darme una explicación que, por supuesto, no era de mi competencia.

Así que otra vez prefiero que directamente me ignore.

Estos casos son propios de la condición humana, claro. Por eso mismo, lo normal es que la gente que se halla en lo alto de la escala social, infatuada por el cargo que temporalmente ostenta, no atienda las llamadas telefónicas de los simples mortales. Pero, ¡ay cuando su teléfono deja de sonar!; entonces hasta mendiga un poco de consideración que mitigue su añoranza del poder perdido.

Una de las anécdotas más curiosas de ese tobogán de las vanidades humanas la protagonizó un amigo mío —que no sé si realmente lo es y menos aun si lo seguirá siendo después de contarles esto— que estaba sin trabajo. Gracias a los pocos contactos que en aquel momento tenía, le conseguí un buen empleo en un medio de comunicación. Tiempo después, cuando necesité de él para dar cuenta de un importante acontecimiento que me afectaba, sólo recibí la callada por respuesta.

Seguro que a estas alturas del artículo, ese lector que todos tenemos —siempre hay al menos uno, ignoro exactamente porqué— se preguntará si alguno de esos sucesos que narro ha ocurrido en aquella localidad en la que reside.

Ése es el auténtico morbo de cualquier noticia: saber si uno conoce personalmente a sus protagonistas. Pues para que el interés no decaiga, pero que al mismo tiempo no me pille yo los dedos, dejémoslo en que a lo mejor sí. O no. Quién sabe.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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