Para algunas personas, el engaño debe tratarse de algo compulsivo. Y a los demás, por lo visto, nos apasiona que nos engañen.
Ése es, probablemente, el caso de Pepe, el del Popular. Empezó estafando 36 millones de euros, en Santander, hace 18 años, y siguió con el abandono de su abnegada esposa española, entonces, y, al parecer, con la posterior y confiada mexicana, ahora.
Quizá, también, todo se deba a su encanto personal. Si, según cuenta el susodicho Pepe, en 1991 no se llevó ni un duro del dinero robado, sí que lo va a conseguir ahora con la narración millonaria de sus trapacerías. A la tercera, pues, la vencida.
Está visto que el tipo es un crac, como dice admirativamente el economista Leopoldo Abadía de Bernard Madoff, el rey mundial de los estafadores. Y es que, si los timados no somos nosotros, sino los demás, a nuestra perversa condición humana le chifla el que unos sinvergüenzas sean capaces de embaucar al personal y levantarle hasta la camisa.
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