Los “brotes verdes” de recuperación económica que avizora la vicepresidenta Elena Salgado son tan borrosos que los datos reales indican justamente lo contrario.
Nuestro PIB ha caído un 3% en un año, el consumo de los hogares se contrajo el 4%, y la inversión en bienes de equipo, casi un 20. La UE pronostica que España será el último país europeo en salir de la recesión y, de creer al catedrático Santiago Niño, las cosas incluso pueden ir peor. Según este denominado profeta de la crisis, “en el 2012, posiblemente llegaremos al 30% de parados” y, lo que es aun más inquietante, “la consecuente depresión posterior puede alargarse hasta el 2020”.
Sin caer necesariamente en el catastrofismo, lo que sí puede observarse es el desconcierto de una clase política desbordada por una situación que le ha pillado de improviso: vacilantes medidas de Rodríguez Zapatero, corregidas sobre la marcha por sus obligados acuerdos con sindicatos y partidos nacionalistas, indisimulados reproches de correligionarios como Felipe González, decisiones contradictorias de algunas comunidades autónomas, como las presididas por José Montilla y Esperanza Aguirre, disparo de la deuda del Estado un 17% el pasado año,…
Eso es lo más inquietante: una desconfianza creciente hacia la clase política, evidenciada en las sucesivas encuestas del CIS.
A paliar semejante situación no coadyuva el incipiente rifirrafe sobre las centrales nucleares, ante el inminente cierre de la de Garoña el 5 de julio. Demonizadas éstas por Jesús Caldera, López Aguilar y otros connotados socialistas, son bien vistas en cambio por Almunia, Solana y otros socialistas tan notorios, al menos, como aquéllos. Para mayor despropósito, tenemos un exceso de la tan ponderada —y cara— energía ecológica que ha llevado a la desconexión de algunas de sus instalaciones.
Todo esto, si cabe, resulta todavía más problemático en la Comunidad Valenciana, debido a la mayor fragilidad de su sistema productivo, lo que está originando un crecimiento del desempleo a mayor ritmo que en el conjunto del país.
La caída del turismo exterior —España acaba de perder su segundo lugar en el ranking mundial tras Francia, dejándoselo a EEUU— le afecta más que al resto: un 22% en el primer cuatrimestre del año, frente al 12% a escala nacional. También el stock de viviendas valenciano es notablemente superior. Pensemos que mientras no se vendan, aunque sea a mitad de su precio actual, como ya ha sucedido en Estados Unidos, el dinero en ellas congelado no se reinyectará en el sistema económico para animar así a la producción.
¿Qué pasará, pues, con el turismo de sol y playa? ¿Y con una política sobredimensionada de grandes eventos? ¿Y con la estructura industrial de pequeñas empresas en sectores tradicionales poco competitivos?
Pues que habrá que darle la vuelta a todo, como a un calcetín.
El ya citado profesor Santiago Niño arguye que, de resultas de la crisis, habrán de surgir “nuevos sectores más eficientes, como la biotecnología, la logística o lo que yo denomino el mundo R: reparación, reutilización, reciclaje,…”
Vamos: justamente todo aquello para lo que no nos hemos venido preparando. Por eso, también, el catedrático catalán vaticina que a esta forzosa selección natural actual sólo sobrevivirán las grandes empresas y las muy pequeñas: “Quien peor lo pasará es la mediana empresa, la que tiene de 25 a 100 trabajadores”; es decir, muchas de las valencianas.
Quien es más consciente que nadie de que todo esto requiere un dinamismo político que no está demostrando el Consell es el propio presidente Camps. Así que resulta más que probable una amplia remodelación del Ejecutivo valenciano tras el 7-J. Por si fuera poco, el caso Gürtel ha evidenciado además la falta de garra de la mayoría de consellers y la necesidad de que alguien tan experimentado como Rafael Blasco cogiera ese difícil toro por los cuernos.
Paradójicamente, al que también ha pillado a contrapié la historia de Orange Market ha sido a Jorge Alarte, el líder socialista, quien mantenía una calculada maniobra de llegar a la presidencia de la Generalitat en 2015, pasando antes por Les Corts, de las que ahora está ausente. La precipitación de los acontecimientos le ha obligado a revisar su calendario. Por eso, según sea el resultado de las elecciones europeas, podría cambiar radicalmente de estrategia.
El futuro de la Comunidad Valenciana se halla, pues, más abierto que nunca.
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