Los comerciantes rebajan sus artículos no porque sean unos filántropos, sino para ganar más.
Trasladado ese esquema a la Hacienda Pública, el Estado tendría que bajar los impuestos a fin de aumentar la recaudación.
Lo malo de este año, dicen, es que no se apunta a las rebajas tanta gente como se pensaba. Y es que, o no tiene dinero porque está en el paro, o si lo tiene —los salarios de los empleados han seguido subiendo aunque el IPC descienda— lo guarda en casa, ya que el ahorro familiar se ha duplicado, según las estadísticas.
O sea, que quienes no compran es debido a su desconfianza sobre lo que se avecina.
El mismo cuento se puede aplicar, pues, al Estado: si no baja los impuestos sino que los sube, es porque teme que ni hay brotes verdes ni otras zarandajas y que nuestra economía aún no va a reactivarse. De creer otra cosa, haría como el comercio: a rebajar todo, para así mover el género.
Pero está visto que lo que prima por ahora es la desconfianza; así que ni por ésas.
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