No se refiere el título de este artículo a un programa televisivo sino al desastre económico previsto para este otoño.
Perdido el tiempo y el dinero público en acciones tan erráticas y peregrinas como arreglar durante el verano aceras o ajardinar cruces de calles, a partir de ahora volverá a crecer el paro, aumentarán los impuestos, el PIB seguirá en números rojos y, para mayor inri, llegará la gripe A con un varapalo económico de órdago.
No se trata de ser alarmistas, sino de prepararnos para lo que viene.
Un amigo, algo mayor que yo, lo resume en pocas palabras: “Vamos a sufrir dificultades para las que no estábamos preparados”. “Claro que —añade— mi generación ya sabe lo que es vivir con estrecheces. Lo malo va a ser para los jóvenes de ahora, acostumbrados a coches tuneados, ir de marcha a Berlín o hacerse la estética en el quirófano: no les quedará otra que aprender a vivir de forma más austera”.
Ya ven que todo lo de la crisis no tiene por qué ser negativo. A lo mejor, hasta descubrimos maneras más simples de ser felices.
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