La pugna entre el depuesto Manuel Zelaya y el presidente de hecho de Honduras, Roberto Micheletti, se encona día a día mientras aísla al país y lo sume en la pobreza.
Me asombra el hipócrita empecinamiento de la comunidad internacional en defender al presidente depuesto y sus dudosas prácticas políticas cuando, en cambio, permanece impertérrito por ejemplo ante la fraudulenta legitimación electoral del general golpista Uld Abdel Aziz en Mauritania. Y es que, está visto, todo depende de los valedores de unos y de otros y de los intereses económicos que cada uno de éstos representan.
Si a la comunidad internacional le importasen de verdad los derechos humanos no permitiría la perpetuación en el poder de terroristas como el libio Gadafi, responsable último de la muerte de 270 civiles en el atentado aéreo de Lockerbie, o del desquiciado autócrata Kim Jong-il, jugando siempre a hacer estallar una bomba atómica.
Sin llegar a esos extremos de delirio criminal, decenas de dictadores, desde los militares birmanos hasta el sempiterno Robert Mugabe en Zimbabwe, diezman a sus poblaciones por la violencia y la hambruna, mientras algunos de ellos, como el guineano Teodoro Obiang, acumulan cuantiosas riquezas en opacos bancos suizos.
En éstos y en muchos otros casos, las instituciones internacionales no sólo hacen la vista gorda, sino que dejan muchas veces que las presidan países como Irán o Cuba, donde los derechos humanos son una patética ironía.
Pero, claro, nadie se atreve con ellos dado su papel en el delicado equilibrio mundial, mientras que Honduras, en cambio, supone una fácil y cómoda justificación con la que tranquilizar las conciencias adormecidas.
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