He llegado a la terrible conclusión de que no existo.
Nadie pincha mis conversaciones telefónicas, en las que tendría entonces que hablar en clave, como Correa y El Bigotes. Tampoco se graban mis comentarios fuera de micro, como a Zapatero o Rajoy, diciendo “¡vaya tostón!” o cosas aun peores.
Claro que tampoco aparezco en la tele a micro abierto, contando amoríos reales o ficticios, como Belén Esteban. Ni siquiera tengo un pariente como Félix Millet, que me enchufe a precio de oro en alguna fundación. Tampoco la Generalitat catalana me encarga hacer informes inexistentes o ficticios, que me bastaría con fusilar de internet.
Simplemente me levanto por la mañana, saludo a mis vecinos, voy al trabajo, cuido de mi familia, pago los impuestos y realizo otras actividades igual de triviales.
Me temo, pues, que en esta sociedad virtual y escénica, banal y extravertida, lo que publicitan los medios de comunicación es lo único real, aunque nunca llegue a probarse, y en cambio la oscura y prosaica cotidianidad sólo parece una quimérica ilusión.
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