Fue en el restaurante «Finisterre» de Barcelona. Acudí a la cena por delegación del director de mi diario, Albert Viladot. Un reducido grupo de profesionales del periodismo cenábamos con Borís Yeltsin, invitado a Barcelona por la Televisión de Cataluña…
Yeltsin habló de lo divino y de lo humano. El entonces alcalde moscovita se llenó la boca de elogios a la democracia y de vituperios contra Gorbachov.
«No lo duden: yo nunca miento. Yo actuaré como un político de una democracia occidental»-nos espetó Yeltsin.
Intervine:
«La mentira forma parte del estilo habitual de la política en las democracias occidentales, a las que usted quiere emular. Senyor Yeltsin, ¿por qué hemos de creer que usted va a ser diferente?»
Silencio incómodo. El intérprete de lengua rusa se deshizo en explicaciones. Pero la tradujo bien, hasta donde alcanzaban mis conocimientos básicos de la lengua de Dostoiewsky. El periodista-anfitrión, Josep Cuní, con la boca abierta, salivaba como un caballo desbocado, visiblemente excitado. Gesto agrio de Yeltsin y respuesta final evasiva, eludiendo la pregunta.
Tras la cena, firma de libros, agasajo y despedida final al invitado. Yeltsin estrechó la mano de cada comensal. Al llegar mi turno miró intempestivamente hacia otro lado, la mirada altanera. Y me dio la espalda.
No estreché la mano de uno de los hombres más poderosos del siglo XX pero conseguí algo mucho más singular: pisar con una simple pregunta un ego más grande que Siberia.
Descanse en paz, el camarada Borís.
Home