Vuelvo a Alemania. A pasar cuatro días. En viaje profesional. Pero siempre me resulta grato volver a aquel país, donde en parte me formé. Y donde comprendí los entresijos del turbulento siglo XX europeo.
La Alemania que yo conocí como residente en una larga sucesión de veranos fue la de principios de la década de los ochenta. Me pateé sus principales ciudades. Anduve por todos sus centros históricos (o lo que quedaba de ellos tras la segunda guerra mundial). Conocí a muchos hombres y mujeres. Y muy especialmente: residí en el Berlín dividido, a pocos metros del muro ignominioso.
Mis estancias en Bremen y Berlín -becado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Federal Alemana- me ayudaron a entender Europa, las raíces de sus conflictos y la necesidad de superarlos.
Guardo especial buen recuerdo de Heidelberg, la primera ciudad que me acogió. Solía pasear yo por el Philosophenweg (El camino de los filósofos), en paralelo a la orilla del Neckar, afluente del Rin.
Años más tarde descubrí en un coloquio con el filósofo Emilio Lledó, sentados frente a frente, que él hacía lo mismo durante el tiempo en que vivió en aquella ciudad romántica, verde y queda.
Tengo muchos recuerdos de Alemania que valdrá la pena verter. De momento, marcho a Hamburg y luego a la isla de Sylt, en el extremo norte.
Ahora recuerdo aquella excursión mía a la ciudad de Lübeck a la búsqueda de las raíces de Thomas Mann…
(Queda para otro día)
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