El ordenamiento jurídico ordena la convivencia como un semáforo: dando y quitando la luz verde para repartir los turnos, a fin de evitar el caos de que cada uno vaya por su lado.
La metáfora me la explicaron en el primer año de la carrera de Derecho. Este lunes, en Barcelona, el apagón generalizado me ha permitido darme cuenta cabal de lo acertado de esta figura: sin semáforos, la selva.
El buen sentido de muchos conductores y peatones ha permitido paliar una mañana sin semáforos en el centro de la ciudad. Pero no nos engañemos: unos ciudadanos ceden más que otros y la perspectiva de una ciudad sin semáforos rápidamente se hace insostenible.
Mal que nos pese, necesitamos autoridad, poder regulador.Alguien que garantice el orden que permita la salvaguarda de los derechos de todos.
También alguien que analice el colapso eléctrico sufrido y sepa pedir los daños y perjuicios que procedan.
Por unas horas la ciudad de los prodigios se ha convertido en una vulgar urbe desasistida, tercermundista, endeble. Nada ejemplar. Al pairo del buen talante de los pobladores de su asfalto. De su jungla.
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