Las literatura llamada de autoayuda tiene en el estadounidense Dale Carnegie un precursor, el llamado «pionero de la automejora». De sus libros sobre «Cómo hablar en público» o «Cómo hacer amigos» se han vendido millones de ejemplares.
Cito a Dale Carnegie de manera recurrente y admirativa en mis seminarios. Pero la pregunta reciente de un participante me ha consternado: ¿es cierto o es leyenda que se suicidó?
Me cuesta entender que el hombre que insufló ánimos en la vida de millones de personas pudiera acabar con su propia existencia. No me lo acabo de creer. He acudido a Google y he encontrando referencias contradictorias.
En los textos que había manejado hasta ahora no se mencionaba esta eventualidad. El presunto ocultamiento de las circunstancias de su muerte obedecería al interés crematístico por mantener la credibilidad de su legado intelectual.
Quien conozca el tema, que me lo aclare.
Yo, por el momento, me quedo con su imagen frágil y refinada de vendedor de electrodomésticos reconvertido en predicador y mejorador de la vida de millones de personas.
La historia revela que tímidos y tartamudos han sido los mejores oradores, en la medida en que al superar sus dificultades han aventajado al común de los mortales en el arte de persuadir.
El griego Demóstenes, que se ponía guijarros en la boca para vencer la tartamudez, es un ejemplo eximio de los insospechados caminos del éxito.
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