Tres meses atrás relataba mis cuitas de riñón desde «el lecho del dolor», expresión literaria que siempre me ha sido muy querida. Un trimestre después me encuentro de maravilla. Y en buena parte debido a tres cosas: como menos, respiro mejor ejercitándome en el yoga…y tomo a diario una limonada en ayunas.
Ya de pequeño mi abuela, Núria Puigdevall Bosch, me embadurnaba de jugo de limón el cabello, de raíces a puntas, como fijador natural y aromatizador afrutado. Truco de superviviente de la postguerra o intuición naturista, el caso es que he gozado siempre de una cabellera espléndida, la envidia de propios y extraños, en contraposición a la calvicie prematura de mi padre y hermano. ¿Me echó el genoma un capote…o lo hizo el limón?
Desde hace tres meses ingiero a diario una limonada en ayunas, sin azúcar, eventualmente mezclada con naranjada. Son además limones de Binissalem, territorio fértil y de belleza estratosférica en el corazón de Mallorca, junto a la Serra de Tramuntana, recogidos por mis propias manos.
La ingesta continuada me ha blindado el estómago de antiguas acideces, flatulencias y otras difunciones, incluidas las molestas descomposiciones.
Vamos, que estoy encantado con el limón. Lo pongo en todos lados: en mi escritorio, en el maletero del coche, en los sitios más inverosímiles. Lo regalo a mis amistades. Pregono sus virtudes. Me fascina tanto su forma como su contenido.
Como colmo de este enamoramiento cítrico ha caído en mis manos un viejo libro que ya tenía olvidado en mi biblioteca: «Mis observaciones clínicas sobre el limón, el ajo y la cebolla», a cargo del profesor N.Capo, quien proclama con un efectista subtítulo: «¡El limón cura más de 170 enfermedades!».
Leo con fruición en la página 57 y siguientes la retahíla de curaciones que propicia mi fruta amiga: indigestión, úlcera, hemorroides, tuberculosis intestinal, jaqueca, espermatorrea, sífilis, gonorrea, picazones, caída de pestañas, ciática, urticaria, gota, avitaminosis, edemas, dolor de muelas, hernias, disentería…Ah! y espanta a los insectos…
Y en un momento dado relata el doctor (posición 112 de la lista): «El limón lo he empleado siempre y con mucho éxito, contra la caspa y la calvicie, en fuertes fricciones cada día en unión de zumo de cebolla».
Esta es la prueba irrefutable de mi espléndida capilaridad.
Agradezco post mortem a mi difunta abuela sus hábitos cítricos que tan jugosos resultados me han reportado, aparte de aromatizarme la vida.
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