Leo en LA VANGUARDIA del pasado fin de semana el artículo del periodista Llàtzer Moix «Selva mediocre». Alude al contrapunto de falta de rigor que ofrece Internet. Mucho y de todo…pero de toda ralea.
Y una preocupación del articulista: la pérdida de influencia de los opinadores tradicionales.
Nada que objetar al contrapunto crítico. La misma libertad que comporta el espacio digital abre las puertas a gente, gentecilla y gentuza.
Y bien es cierto que periodistas y opinadores de toda la vida hacen frente a una competencia inesperada.
Pero también lo es que la facultad de opinar se democratiza, que el talento circula torrencial para quien quiera captarlo. Y no nos engañemos: que muchas poltronas mediáticas están perdiendo el oligopolio de la opinión.
Cuantos más tienen acceso al escaparate virtual para exponer sus ideas, la selva se hace más mediocre pero también más se renueva: irrumpen voces nuevas.
Así, opinar ya no es el coto cerado de los de siempre: las camarillas mediáticas, los amigos de los amigos, los jerifaltes anquilosados en sus rancias poltronas.
Para el navegante avisado y juicioso, Internet es por encima de todo una selva de agradables sorpresas. Una vía de acceso a un caudal descomunal de ideas.
Y el efecto multiplicador de todo esto rompe las barreras oficiales. No hay dique que lo contenga. Ni estancos que lo detenten en exclusiva.
En este envite, unos ganan y otros pierden.
Definitivamente los tiempos están cambiando.
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