He reconvertido mi vieja agenda de 1995 en la flamante agenda de 2007.
La transcripción manual de datos es un trabajo inicialmente tedioso. Pero se trastoca en emocionante cuando empiezas a recordar a seres queridos de quienes has perdido la pista.
Sin embargo, también asalta la tristeza cuando topas con teléfonos de quienes ahora son…difuntos.
Consultar las viejas agendas es toda una incursión hacia el pasado a través del túnel del tiempo.
Uno se sorprende al recuperar nombres olvidados, circunstancias antiquísimas o remendones a diestro y siniestro.
Es el propio dinamismo de la vida reflejado en notas manuscritas, en ringorrangos apenas inteligibles.
De vez en cuando asalta la tentación de indagar sobre qué fue de fulanito o de menganita.
Luego viene la severa decisión de a quién mantenemos en la nueva agenda y a quién dejamos fuera.
Como decía el protagonista de la película “Matrix”:
-El problema es siempre elegir.
Algún nombre propio aviva algún resquemor dormido en la memoria. El recuerdo de alguien que no estuvo a la altura. O aquel que creó unas expectativas que no cumplió.
O el que desapareció como por ensalmo, sin decir adiós, a pesar de haber compartido tantos momentos.
Y luego el elenco variopinto de relaciones profesionales, las mutaciones constantes, las altas y las bajas.
Con el añadido de la proliferación de móviles, dobles móviles, casa y trabajo, teléfono de los padres, residencia de verano, a tal-hora-aquí, a-tal-hora-allá…
Las viejas agendas son la vida misma: el certificado de nuestra transitoriedad.
Y el recuerdo documentado de los que se van.
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