Gris. Terriblemente gris.
Tal era el color que predominaba en la mastodóntica Universitat Autònoma de Bellaterra en la segunda mitad de los años 70. Al gris de las brumas matinales se unía un estado de ánimo colectivo agridulce: la esperanza ante la transición democrática que justo comenzaba pero la desesperanza ante la falta de trabajo.
De repente un día me percaté de una pintada en uno de los kilométricos pasillos de la facultad, ubicada de realquiler en larga provisionalidad en el edificio de Económicas:
-«Levantad los adoquines. Debajo hay playas».
Era una frase provinente del mayo del 68 francés. Un grito en favor de la utopía. Una llamada desesperada a subvertir la realidad gris en pos de las mejores recompensas.
Fue una pintada que me hizo sonreir en aquellas jornadas tristes, en el contexto de clases mediocres, profesores absentistas y asambleas desaforadas. Nada parecía tener sentido.
Tal frase quedó bien archivada en uno de los subdirectorios más profundos de mi memoria.
Cuando 30 años más tarde -en agosto de 1996, tras tres décadas de densa experiencia en medios de comunicación- me incorporé a la cadena hotelera RIU como director de Comunicación y comprobé las bondades de la empresa y la prosperidad del sector, paré en mientes en aquel grafitti de mi juventud. En las jornadas grises, desesperanzadas. En aquel porvenir que se nos antojaba incierto.
Yo efectivamente había encontrado playas en mi profesión. Y además junto a los resorts de una de las mejores cadenas vacacionales del mundo.
Bajo los adoquines había playas.
Todo había tenido un sentido.
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