He estado jugueteando en Binissalem (Mallorca profunda) con dos preciosos perros labradores: una pareja bautizada como Nelson y Mandela, homenaje de sus propietarios al líder pacifista sudafricano.
Viéndoles retozar y pelearse amistosamente, uno se percata de la elevada inteligencia animal y de lo acendrado de sus sentimientos.
Me gustaría por unos minutos entrar en la sala de control del cerebro de uno de estos canes. Ver el mundo a través de sus ojos. Y sentir el extraordinario afecto que manifiestan hacia las personas.
Nada más motivador que la alegría de un perro a tu lado. Su gozo al verte. Sus inagotables energías volcadas en el juego, en el toma y daca. En el diálogo.
Y como añadido, ese elevado sentido de la lealtad hacia la persona que conocen, les cuidan y alimentan. Ese vínculo que pocos perros rompen y que ha dado lugar a historias entrañables.
Me viene a la memoria aquella viñeta en que Milú, la mascota de Tintín, en la creencia errónea de que su amo ha muerto se dispone a pasar el resto de sus días estirado sobre su tumba.
Entrañables animales.
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