-Passi vostè primer (Pase usted primero).
Son de las pocas palabras que crucé –y de éstas no hace mucho de ello- con Lluís Maria Xirinacs.
Se produjeron en el edificio sede de la Fundación Randa, en el Ensanche barcelonés.
Unos años antes me había cruzado con él en los estudios de Catalunya Ràdio. Me saludó con actitud displicente. La cordialidad no era su tarjeta de visita. Al menos con los desconocidos.
La silueta del ex sacerdote y mítico activista antifranquista durante la transición subía y bajaba constantemente en los últimos años por la calle Rocafort de Barcelona. La espalda muy recta, el gesto grave, la indumentaria austera.
Más de una vez estuve tentado de asistir a uno de sus seminarios sobre cómo reformar la economía del planeta. Siempre desistí.
Por un lado, sentía yo la curiosidad por conocer aquel personaje mítico de la transición que se empecinó en que los presos debían ser amnistiados y tuvo el coraje cívico de hacer guardia durante muchos meses frente a la puerta principal de la prisión Modelo en la calle Entenza de Barcelona.
Siempre que subía yo por aquella calle, aguzaba la vista para encontrarle. Él estaba.
Su campaña “Poble de Catalunya, posa’t a caminar” (Pueblo de Cataluña, ponte a caminar) tuvo un gran impacto mediático.
Con sus acciones de resistencia pacífica se granjeó la aureola de héroe del pueblo. Fue un senador muy votado. Y persona admirada por muchos jóvenes en una época ávida de líderes y consignas.
Tras la transición, su persona bajó extraordinariamente de perfil. Pero de vez en cuando resurgía con fuerza. Siempre de la mano de la polémica. Como si se sintiera profundamente irritado, postergado en el olvido.
Ignorado por una sociedad que ya no era la que dio alas a su protagonismo público.
Hace un par de años sus manifestaciones favorables a ETA causaron una viva conmoción. Sus palabras eran –en lo esencial- impensables en alguien que había sido propuesto por sus partidarios al premio Nobel de la Paz y tildado de “Gandhi catalán”.
Siempre tuve la sensación de que en ese hombre había una desaforada voluntad de protagonismo. Un ego descomunal aunque aparentemente se proyectara a favor de la redención de la humanidad. Un mesianismo arrogante y hosco.
Fue en este sentido Xirinacs un hombre desconcertante. Por un lado, tremendamente sufrido. Por otro lado, muy alejado –puertas afuera- de la humildad propia de los santos varones. Puertas adentro, muy abocado a los suyos, idolatrado por sus correligionarios.
Con un punto de desequilibrio en sus actitudes. Un cierto fuste de talibán. Dudosa madera de héroe. Y clara vocación de mártir.
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