La épica del siglo XXI viene de la mano del fútbol y la televisión nos la sirve en bandeja. El deportista de élite es el gran guerrero. La muerte en el campo de batalla, colofón pintiparado para que el sentimiento heroico de la vida llegue al paroxismo.
Estuve con el futbolista Antonio Puerta Pérez y muchos de sus actuales compañeros del Sevilla FC durante sus estancias estivales de preparación en el hotel Riu Atlántico, en el bello litoral onubense de Isla Canela, Ayamonte, en virtud de mi trabajo como responsable de comunicación de la cadena a la que pertenece este establecimiento.
Presencié sus duros entrenamientos sobre la arena dorada de la playa. Les vi verter sudor como tinta de calamar. Ejercitar sus abdominales. Divertirse. Pelearse. Reconciliarse. Sufrir. Luchar. Gozar. Convivir.
Todo ante la mirada atenta –y a menudo implacable- de los medios de comunicación.
Nadie mejor que los futbolistas de élite para emular a los guerreros de antaño.
Aquellos regresaban con botines y esclavos; los actuales, con títulos y trofeos.
En cualquier caso, las masas les enaltecen y el acto de morir tras una vida brava entroniza definitivamente al guerrero.
“Tenía mucho recorrido”- he oído decir sobre el potencial del malogrado futbolista, un Hércules de 22 años de corazón roto a pedazos.
Así, el guerrero murió prematuramente.
Pero eso añade épica a la épica.
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