No interprete el amigo lector el título de esta inserción como una desaforada proclama neoliberal. Mi vítore va dirigido al mercado como espacio para el paseo, el esparcimiento y la socialización.
Si Jean-Jacques Rousseau proclamaba que le entusiasmaba pasear por los pueblos en fiesta, yo digo lo mismo de los mercados de abastos: colorido y sensaciones están servidas.
Esta mañana he recorrido el mercado barcelonés de Sant Antoni. Lo hago de higos a brevas. He constatado con interés que el precio de los pomelos es un 10% superior a Mallorca.
El busque, mire y compare es un gran ejercicio de observación…y de cálculo mental. Estoy por incorporarlo como sesión práctica en próximos seminarios que impartiré para la formación de comunicadores en el sentido de la noticia, la noticiabilidad. Entender esto es la clave de la comunicación.
Como es clave en general la experiencia de trato con el público. El empresario y magnate de la publicidad Lluís Bassat tiene en consideración a la hora de contratar a los nuevos empleados jóvenes que acrediten experiencia como dependientes de comercio. Me parece un sabio criterio.
Por otro lado, me admiro de la cantidad y variedad de artículos que se exponen en los mercados. Recuerdo con tristeza aquellas tiendas que conocí en el Moscú soviético de los años ochenta, con paradas que chorreaban tristeza y vacuidad. O los míticos almacenes GUM en plena Plaza Roja, sin color, desangelados.
La vivacidad y dinamismo que se respira en los mercados da buena idea del estado de ánimo de una sociedad.
Cuando quiero conocer una nueva ciudad indefectiblemente me dirijo a su biblioteca principal, su cementerio…y su mercado.
El mercado de Sant Antoni es entrañable para muchas generaciones de barceloneses que hemos hecho corrillos las mañanas dominicales para el intercambio de cromos, tebeos, sellos y monedas.
Los intercambios continúan hoy pero se ha añadido un amplio elenco de productos: videos, DVDs, revistas pornográficas y un largo etcétera.
Sant Antoni es un mercado popular aunque sus precios no los encuentro así. De hecho, difícilmente ya hay precios populares. Todo está por las nubes.
Y este análisis microeconómico a ras de calle es infalible, digan lo que digan las altas instancias públicas.
Por eso también me gusta ir a los mercados. Ocio y negocio se dan la mano y revelan el pulso auténtico de nuestro estado de salud económica.
Dejadme por ello proclamar: ¡Viva el mercado!
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