Tensiones financieras, hipotecas al borde del ataque de morosidad, productos básicos cuyo precio se dispara, incierta evolución de la demanda de trabajo…
En resumidas cuentas: incerteza, incerteza e incerteza. Que es justo lo que más odia el inversor.
Parece que en las finanzas anda suelto Satanás y el temor a que nos ronde encoge los ánimos y los mercados. Los repliega. En actitud defensiva. La reacción lógica ante el peligro. Como cuando yo me agarro indefectiblemente al asiento cuando mi avión entra en tramo de turbulencias y me digo: “Que pase ya, que pase ya”.
Cuán significativo papel juega la psicología en las decisiones económicas…
Un gesto tranquilizador de la Reserva Federal inyecta optimismo a los mercados. Se produce un rebrote del optimismo en cadena. Las Bolsas levantan cabeza.
De igual manera, la próxima contingencia que nos aceche hará lo mismo pero en sentido negativo Los estados de ánimo mueven las finanzas. Por ello algunos gobernantes se obsesionan en insuflar optimismo. Para que la profecía se autocumpla.
Dice sabiamente un viejo dicho árabe: “Todo lo que sube, baja”. Y más vehemente dice otro: “El que escupe al cielo, en la cara le cae”.
Tenemos todos muy presente que tras una etapa de crecimiento y alborozo, toca el fin de fiesta. Falta ahora saber si será un lento cambio de escenario o una abrupta transformación. Hay indicios de final de fiesta paulatino. Mejor que mejor.
Es tiempo de digerir unos años locos de consumo desaforado y refugiarnos en un retorno a la contención, recobrar el gusto por la austeridad y la eliminación de lo superfluo.
Parece que anda suelto Satanás pero no es malo del todo: puede ser la palanca que active hábitos bondadosos de consumo. Una cierta templanza que se echa en falta.
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