El ex presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, cumplió ayer 75 años. No me pasó por alto. Profeso a Suárez una gran admiración. La mañana de julio de 1976 en que yo volaba en avión por primera vez (Barcelona-Madrid-Nueva York) él juraba el cargo.
Suárez, Manuel Fraga Iribarne y Jordi Pujol son las tres grandes bestias de la política española que siempre me interesaron. A dos los traté. Con Suárez nunca pude hablar.
Intuí que Adolfo Suárez era un hombre valiente y de muy joven creí en él. Me gustan las personas con audacia y la tenacidad de hacer frente a los retos del tiempo que les ha todado vivir. Es un sentimiento de admiración igual al que sentí en su momento por el dirigente soviético Mikhail Serguevich Gorbachov.
Simpatizo especialmente con las personas de mérito incomprendidas o injustamente tratadas por sus supuestos correligionarios. Es el caso de Suárez y Gorbachov.
Cuando hace 11 años me fui a vivir a Mallorca, albergaba la ilusión de que el destino me deparase un encuentro con Suárez. Por entonces él poseía un suntuoso chalet en la privilegiada zona de Son Vida, contiguo a un campo de golf.
La terrible enfermedad mental se cebó en Suárez y me temo que el anhelado encuentro no se producirá. A lo sumo un casual contacto con sus familiares más directos.
Adolfo Suárez fue un hombre valiente. Muchos no se percataron de ello hasta los penosos hechos del 23-F: con qué coraje el ex presidente se mantuvo en su escaño, digno y calmo, ante los forajidos que mancillaron el Congreso de los Diputados.
El autoodio es uno de los deportes nacionales: aupar héroes para luego destronarlos y hacerles pagar cuentas por la pretensión de haber querido despuntar. Rara vez se reconoce en vida y de manera proporcionada los méritos de las grandes personas públicas.
Cuando me imagino los avisperos que circundaban la labor de gobierno de Suárez, con ruido de sables en los carteles y un sistema democrático endeble como contexto, me maravillo de que la nave de la transición llegase a buen puerto.
Simpático, audaz, carismático, habilidoso, telegénico, dialogante, pragmático…son muchos los atributos positivos de la figura de Suárez.
Ahora, cuando le veo postrado, senil, precozmente desmemoriado, en tránsito final, me apeno. Pero al mismo tiempo me reconforta haber apostado por él en unos años en que el dogmatismo y la ignorancia nublaban hasta las mentes más preclaras.
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