-¿Cómo te va?
-Mal. He ido al cardiólogo y me ha prohibido el café…
-¿Y qué piensas hacer?
-Lo que toca en estos casos…
-¿Has dejado el café?
-No. He cambiado de cardiólogo.
Mi inclinación reverencial por el café viene de finales de los años 70, cuando finalizaba mis estudios de Derecho. Ineluctablemente un cortado a las 7 de la tarde me reanimaba el cuerpo y achicaba espacios en el cerebro para introducir nuevos artículos del Código Civil.
Del café me han quedado por encima de todo un aroma agradable y el recuerdo de las grandes tazas que prepaba mi abuela y que -muy a su pesar- se vio obligada a dejar.
Desde entonces ella sublimaba esta restricción sirviéndome a mí el café con leche más delicioso del mundo para que yo disfrutase de lo que a ella le estaba vedado.
Mi abuela, Nuria Puigdevall Bosch, murió octogenaria en mayo de 1992, pocos meses antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona. De parada cardíaca. Tras un paseo fatigoso la víspera por la montaña de Montjuïch.
La adicción al café me ha parecido desde entonces una debilidad plausible, un hábito que merece mi complicidad y -por supuesto- un cardiólogo comprensivo.
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