Leer es un acto de magia. Por tanto, enseñar a leer debiera practicarse como un ritual sagrado.
En su intersante libro «La magia de leer», José Antonio Marina y María de La Válgoma lanzan unos cuantos mensajes útiles a padres y pedagogos para procrear nuevas generaciones de ávidos lectores.
Es bello el elogio de la lectura que el libro realiza. Pero sus sugerencias son eminentemente pragmáticas. Leer es ante todo un hábito. Y los hábitos se contraen a fuerza de practicarlos.
En este terreno padres y educadores tienen una misión importantísima: ponerlo fácil y ameno a los más pequeños.
No voy a soslayar que la lectura tiene rivales de envergadura. Que vivimos en una época marcadamente audiovisual. Que ordenadores y monitores televisivos operan como grandes «secuestradores» de la atención de los más jóvenes. Pero quien haya experimentado el hábito de recrear en su mente situaciones y personajes, no lo deja tan fácilmente. Y leer es eso: gozosa y libérrima recreación.
Siempre he pensado que los medios de comunicación podrían incentivar la lectura a través de programas creativos que tendieran bellas «emboscadas» intelectuales a los televidentes y radioescuchas.
En algunos televisiones (Francia, Alemania) se ha conseguido. No es éste el caso general en España, donde por lo general los programas se dirigen a convencer a los ya convencidos.
Hablar de libros no tiene porqué ser aburrido. Lo audiovisual puede sobremanera potenciar lo textual. Faltan en este terreno buenas dosis de imaginación y asunción de riesgos.
Buenos libros forman mejores personas. Por ello no hay que pasar página a la falta de voluntades lectoras.
Si los lectores no existen, habrá que crearlos. Cada uno desde su trinchera.
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