Si Paco Umbral gustaba decir que “yo de pequeño iba a comprar el pan”, en mi caso yo era el encargado de la carne: casi cada mañana acudía a la vecina Carnicería Francesa, a pocos metros del domicilio de mi adolescencia en la barcelonesa calle de Párroco Ubach, en el barrio de San Gervasio.
Mientras hacía la cola, una y otra vez miraba embelesado el cartel que –principios de los setenta- lucía la tienda:
“Si tiene alguna queja, rogamos nos los diga; si está contenta, dígaselo a su amiga”.
Todo un prodigio de cultura de la calidad, de preocupación por el consumo, la satisfacción del cliente, la fidelización y -si me apuran- del márketing viral con esta exhortación a extender el prestigio del establecimiento a través de la red de contactos.
Aquella tienda y su orondo propietario, un carnicero galo hipergrueso como una res y recalcitrante acento francés, apostaban por conceptos del management de una manera muy campechana adelantándose a su tiempo.
Día a día me quedaba absorto mirando el letrero, excepto aquel año en que conocí el yoga y por derivación adquirí el exceso de pasión propio del neófito y me hice vegetariano durante un año, tiempo durante el cual no puse los pies en la Carnicería Francesa.
Fueron meses en que evitaba el saludo del conspicuo carnicero y giraba el rostro para evitar ver las impúdicas manchas de sangre que cubrían su delantal.
En esa época la esposa del carnicero y a la sazón principal dependienta iba siempre con una pierna enyesada por culpa de una descalcificación (versión oficial). Yo, en cambio, siempre pensé que eran las secuelas justicieras por el exceso del ácido úrico que asola a los seres más carnívoros y que era una justa represalia del destino por tanto genocidio animal.
En mi cabeza circulaban una y otra vez las múltiples decapitaciones de pollos que yo había presenciado así como la laminación de terneras y el troceo de otras especies animales.
La Carnicería Francesa –quiérase o no- fue muy mi primera introducción al márketing y el rótulo de marras tiene emplazamiento perenne en mi memoria. Voilà!
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