«Cada día es más deprimente el pan que se nos da».
Suscribo de pleno estas palabras de hoy, en La Vanguardia, de Víctor Amela.
Le agradezco también la pública promoción del establecimiento comercial de su entrevistado, Xavier Barriga. Ese anuncio gratis no lo consigue ni el mejor consultor de comunicación.
Por otro lado, ya tiene miga que con ese apellido postule que el pan no engorda.
Las declaraciones del panadero tienen masa, corteza, sabor y aroma. Como el buen pan. La moda de los precongelados y las fermentaciones a toque de silbato han estropeado un alimento tan sagrado como el pan nuestro de cada día.
Soy de los que se fijan mucho en este ingrediente de la dieta. En particular me encanta el pan gallego de Galicia (no es auténtico pan gallego el que no se hace en Galicia). La buena chapata me atrae. Y en cualquier caso, debe ser pan crujiente, del día y hecho como Dios manda.
En el capítulo de los panes con cereales me cautiva el pan moreno alemán en general, y muy especialmente si contiene linaza y pipas. Tras ímprobos esfuerzos me hice además gran amigo del pan mallorquín, moreno y sin sal, condumio excelente en el llamado pa amb oli (pan con tomate, aceite de oliva y teca), demostración palpable de que el arte puede basarse en una fórmula sencilla.
No me importa pagar más pero exijo comer buen pan. En breve visitaré al señor Barriga, en Aribau, 158. Parece un hombre probo, enamorado de su oficio. Con ese mimo y afán de exigencia que hay que poner para ser artista en cualquiel cosa.
En hacer pan, por ejemplo.
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