Durante toda mi infancia la palabra «bríllex» ha resonado en mi cabeza. Se trata del genial invento con que mi padre quería «devenir de mejor fortuna» en sus peliagudos comienzos.
Hoy le he pedido a mi padre que me vuelva a explicar lo del «bríllex».
En resumidas cuentas, un tal Capdevila inventó y patentó el «bríllex», un material de revestimiento formado por pequeños rectángulos a manera de cristales reflectantes.
Mi padre se unió al negocio. Pensaban que se harían ricos. Invirtieron en ello los cuatro duros que tenían o pidieron en préstamo.
El «bríllex» resultó todo menos un «brillante» negocio. El dueño de una horchatería barcelonesa accedió a que le decorasen el local con el nuevo material. Debió de dejarse impresionar por los psicodélicos reflejos del «bríllex». Pero un día comprobó horrorizado como uno de los rectángulos caía del techo y se introducía en el vaso de horchata de uno de los clientes.
Así murió el «bríllex»: dulcemente, sumergido en un vaso de horchata.
En búsqueda de la piedra filosofal que le resolviera la vida para siempre, mi padre hizo incursiones en nuevos negocios aparentemente de «éxito garantizado». Así, entró en el negocio incipiente de las calcomanías. Los detalles de su nuevo fiasco (un calco del anterior, si se me permite el juego de palabras) debo preguntárselos. Será material para una nueva inserción.
El relato de otros fiascos de momento lo dejo fuera del público conocimiento. Por una mezcla de pudor pero también de estupefacción: cómo pudimos mis hermanos y yo sobrevivir a tantos avatares.
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