Me convocan a un nuevo reencuentro anual mis compañeros de ESADE, promoción del Máster de Medio Tiempo de 1994. Y van 14 ediciones…
Siento un gran aprecio por mis compañeros. La orla de final de Máster preside una de las paredes del estudio desde donde escribo.
A menudo pienso en ellos. Y en el futuro de la Escuela, para mí ciertamente incierto…
Hace pocos días ha abierto sus puertas CREÁPOLIS, en Sant Cugat del Vallès, a muy pocos kilómetros de Barcelona. Es la apuesta de ESADE por un espacio de internacionalización, innovación y simbiosis formación-empresa.
En cuanto pueda, me acercaré por allí. De entrada, es una muestra de brío emprendedor. Como lo constituye la asociación ESADE Alumni, un dinámico proyecto para favorecer la práctica del networking en una institución hasta hace poco anclada en la autocomplacencia y que ha descubierto que su producto ya no tiene una demanda cautiva sino todo lo contrario: la oferta formativa se ha disparado y quien no corre vuela.
Renovarse o morir es el sino de todas las organizaciones. Pero también no olvidar aquellos valores que las hicieron grandes. La misión que les dio razón de ser. Y entre esos elementos básicos, nucleares, figura -en el caso de ESADE- la plena orientación al estudiante, meta de imposible alcance si al mismo tiempo el profesorado -los proveedores de conocimiento- no reciben justo trato y su talento real no es debidamente calibrado.
ESADE se hace grande (en cuanto a extensión, alumnado y antigüedad: 51 años). Habrá que ver si en igual medida su marca se engrandece.
Para ello será inexcusable la plena satisfacción de sus estudiantes y de sus proveedores de conocimiento. Es lo que nos dará la pista sobre hacia dónde va realmente esta escuela de negocios, hoy en día más negocio que escuela. Quo vadis, ESADE.
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