Nací ochomesino, amarillento y un tanto piltrafilla. Y no remontaba.
Pero unos días más tarde, el pediatra doctor Bardají me inyectó en la pierna un producto llamado percotén. Mágicamente reviví y me convertí en un hermoso bebé.
He mirado percotén en Google y he encontrado referencias un tanto sesudas que no van a serenar mi ánimo. Fuera lo que fuese lo que me inyectaron, me sentó bien.
Del doctor Bardají siempre tendré el recuerdo de su austero pero regio consultorio en la calle Balmes, muy cerca de la Plaza Molina. Su porte militar. Su ojo clínico. Su castellano adusto. Su mucha sapiencia. Su franquismo honesto. Su entrega al trabajo.
Conocí en la facultad de Derecho a una de sus hijas, Gloria. Me pareció una chica adorable, aplicada. Muy bien educada. Tengo entendido que luego fue a trabajar en el departamento de Urbanismo.
El doctor debió de dejar profunda impronta en su prolífica descendencia.
A pesar de yo ser veinteañero, el doctor tenía a bien siempre recibirme en consulta, como si yo fuera un niño sempiterno. Llevaba también a mi hija Ariadna (¡yo entonces ya treintaañero!). Y tuvo inimaginables detalles para con ella, como regalarle un recetario vacío (le rebauticé expresamente para ella como el doctor Ji-Ji-Ji).
Un mal día llamé para pedir hora. Al otra lado de la línea un hilillo de voz me repuso que lo sentían, pero el doctor había muerto.
Fue mucha la conmoción que sentí. Pero es tan grande el recuerdo que tengo de él: su porte, su despacho en semipenumbra, su báscula finisecular, su brío marcial, su ternura revestida de coraza de titanio.
Descanse en paz el doctor Bardají y gracias por los enormes servicios prestados. Entre ellos la oportuna administración del percotén.
Home