Las noticias de la evolución de la crisis financiera internacional sugieren un panorama fétido: algo huele a podrido entre bambalinas.
Se extiende la sensación de que de la misa del órdago mundial creado no sabemos ni la mitad. Que el alcance de lo acaecido es de difícil evaluación todavía. Y que pedir confianza en estas condiciones es irrisorio. Aunque sin ella difícilmente superaremos esta situación.
Estoy intrigado por saber qué saldrá de este maremágnum de problemas conexos en que nos encontramos. Vivimos jornadas de fragilidad compartida. Y de asombro: ¿a dónde ha ido a parar el dinero a espuertas que engalanaba los informes de gestión de firmas de relumbrón hace apenas unos meses?
Algo huele a podrido en esta gran crisis que nos invita a agudizar nuestro sentido crítico y a cerrar la boca a comulgar con ruedas de molino.
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