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¡Ay, Cristina!

Miguel Ángel Violán 22 Abr 2009 - 10:23 CET
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Almuerzo en la Vila de Gràcia, esa villa con personalidad propia que la gran ciudad integró y fagocitó como hacen las grandes urbes en los tiempos modernos.

Pero Gràcia conserva muchos rescoldos de su esplendor antiguo.

En el Carrer Gran (antigua Mayor de Gracia) vino al mundo mi madre (luego se trasladó a la avenida Gaudí). En las calles Betlem y Topazi pasé gratos momentos de mi adolescencia. Y, cómo no, en la mítica Plaça del Diamant.

Almuerzo con mi amigo de bachillerato y Universidad Esteve León Aguilera en un local para mí hasta ahora ignoto: «El Tossal», Tordera,12. «Cuina de mercat»-reza. O es lo que lo mismo: cocina casera de calidad por lo fresco de la materia prima y la habilidad contrastada de quien la maneja.

(Excelentes la gambas al ajillo y mi filete con crema de ceps; ¡cómo me gustan las buenas salsas!)

Nos sirve Raquel, una «colometa» del siglo XXI, espontánea y vivaz. Llega la sobremesa con el preceptivo recordatorio de batallas, batallitas y anecdotario vario. Y surge la olvidada expresión:

-¡Ay, Cristina!

Recurrente aunque siempre enigmática referencia a una santa mujer, un amor de juventud o vaya usted a saber qué codigo masónico. Pronunciaba la evocación nuestro profesor de griego en el Instituto Menéndez y Pelayo de la Vía Augusta de Barcelona don Julio Pallí Bonet. Catedrático de alto copete pero bajo sueldo, complementaba su sueldo con doctas traducciones de las grandes obras de la lengua griega para la ya difunta editorial Bruguera.

Siempre me intrigó el «¡Ay, Cristina» de marras. Era como el enigma del Ciudadano Kane: Rosewood, su última palabra. ¿A qué se refería? (a la postre a la inscripción en su viaje trineo de infancia, tiempo en el que realmente fue feliz).

Julio Pallí nos amenizaba las clases con frases de rimbombante calado. A mí me gustaba especialmente «la del bacalao»:

-No me mates con tomate, mátame con bacalao.

Pero tenía muchas más. A nuestro compañero Benelbás, natural de Ceuta y de facciones un tanto árabes, le espetaba cuando se equivocaba en las traducciones (hecho frecuente):

-Mal vas, Benelbás.

Por otro lado, en los ejercicios de conjugación indefectiblemente preguntaba el mismo tiempo:

-El aooooriiistoooo futuroooo-sonaba su voz angulosa, buscando el autoentretenimiento fonético para combatir la monotonía de las horas, la lección mil veces repetidas, los alumnos idefectiblemente distraídos.

O -al ser jefe de estudios- sus admoniciones generales por megafonía:

-¡Animos por las mañanas!

El griego clásico era una materia ciertamente árida. La escogíamos apenas 10 alumnos (bachilleres de letras) y entre todos convertimos aquella asignatura en un monumental cachondeo.

(Me viene ahora a la memoria la intensa labor de zapa, de broma continua, del colega Hernández Talavera, rebautizado por sus muchas faltas a clase como Hernández «Calavera»).

Yo reí mucho pero aprendí poco. Y luego lo he lamentado sinceramente. Es tan fascinante la etimología de las palabras…Son tantas las consecuencias conceptuales que se derivan…

El tren del griego lo perdí y mía fue la culpa aunque el querido señor Pallí era más un sabio de la lengua que un eficaz pedagogo de la misma. Pero quien quiere aprender, aprende. Yo no aprendí. Mea culpa (esto es latín; hasta aquí llego).

En cierta ocasión tuve la osadía de reivindicar al latino Cicerón como el mejor orador clásico. Me cayó un vendaval de invectivas del señor Pallí:

-¡Demóstenes, Violán, Demóstenes fue el mejor!- me espetó aparentemente enojado.

Del señor Pallí aprendí que el orador griego -tartamudo en su juventud- se empecinó en corregirse para que le escuchasen en el ágora. Para ello paseaba junto al río para que nadie le oyese, se ponía guijarros en la boca y recitaba discursos para mejorar su dicción. Todo un logopeda autodidacta.

También recuerdo su aversión a los libros sobre el mundo clásico del provocativo periodista italiano Indro Montannelli (tan caro para nuestro compañero de clase Francisco Bañeres).

(Aquí la interjección me parece que era: «¡Bañeres, que malo eres!»).

Y qué decir de su recurrente explicación sobre cómo la colección Fondo de Cultura Económica debía llamarse Fondo de Cultura Ecuménica…pero hubo un error de imprenta y luego ya lo dejaron así…

Todas estas cosas rememora uno en una sobremesa y en el paseo posterior.

Cuando uno se hace mayor, ¿qué le quedan sino sus recuerdos?

Miguel Ángel Violán

Miguel Angel Violán es barcelonés, periodista y escritor, con 41 años de experiencia en el campo de la comunicación (Grupo Mundo, diario AVUI, TV3, Catalunya Ràdio, Radio Nacional de España, Círculo de Lectores/Bertelsmann, RIU/TUI). Desde 1996 hasta comienzos de 2008 residió en Mallorca, donde ejerció el cargo directivo de Director de Comunicación de la cadena RIU […]

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